El desierto espiritual

“En algún momento de nuestro caminar espiritual nos llega la hora de la prueba, esa hora en la que la fe debe ser probada en el fuego, para ser purificada como el oro y llegar a ser mucho más valiosa que el mismo (cf. 1 P 1, 7). Es esa tan temida y dolorosa hora, en la que el alma se siente perdida, rechazada, no amada y empieza a desfallecer; muchos santos han pasado por esta prueba, su fe ha sido refinada en el horno de la desolación y el olvido, atrapada en el calor sofocante del “desierto espiritual”, abandonada en la soledad de la “noche oscura del alma”, como la llamaba San Juan de la Cruz.

El “desierto espiritual”, decía el Padre Brian Kolodiejchuk – postulador de la causa de beatificación y pronta canonización de la Beata Madre Teresa de Calcuta – en una entrevista, “es un momento de la vida espiritual en el que la persona es purificada antes de la unión íntima y transformante con Cristo”. Tal vez estés pasando en estos momentos por una situación similar, en la que no sientes nada, en la que parece que Dios no existiera, en la que la fe no cobra sentido, ¡prepárate para la prueba!, si logras pasarla, verás el rostro de Dios.

… Debemos hacer un profundo discernimiento y examen de conciencia, para saber si en verdad estamos atravesando una noche oscura del alma o simplemente nos estamos durmiendo en la fe. Si te descubres en el medio de un verdadero y árido “desierto” del alma, en el testimonio de la Madre Teresa podemos encontrar el camino de vuelta al tiernísimo Corazón de Jesús del que nos sentimos desterrados: No dejemos de hacer lo que tenemos que hacer”.

Extraído de “Católicos con acción”

Lugar de Libertad

La vida espiritual encuentra en el desierto sus formas de expresión: vacío, caos, aflicción, acedia, pobreza, despojo, serenidad, frugalidad, silencio. Es terreno yermo, no experimentable, no transitable, no habitable. Lleva al mayor misterio de Dios, que no se deja vincular a ningún ídolo. El desierto es paisaje de muerte, desertizado… un paisaje en el que ya no crece nada, en el que nada puede echar raíces, pero es también lugar de libertad. Es salida (éxodo) de la manipulación y la heteronomía. Purifica, permite ver prejuicios, ideologías y obcecaciones. En el desierto se suceden consecutivamente consolación y desolación, paisajes malogrados y paisajes de ensueño. Ambas facetas se necesitan mutuamente para experimentar, para valorar. El paisaje refleja el alma débil, arrugada, desarraigada, apática, pero también palpitante, atenta, llena de color, de ímpetu, de luz.

El desierto es, en resumidas cuentas, un «espacio espiritual» que proporciona experiencias espirituales. No es casualidad que grandes acontecimientos de la historia de la salvación tengan lugar en el desierto; no es casualidad que personajes determinantes de la historia de la fe hayan buscado la soledad. Y no es casualidad que hasta el día de hoy no pocas personas vayan al desierto para –como ellas dicen– «encontrarse a sí mismas», ya se trate del paisaje geológico del desierto o de dimensiones vitales, no menos reales, experimentadas en la metáfora del desierto: soledad, silencio y alejamiento de la vida cotidiana, firmeza y perseverancia en las decisiones vitales que se han tomado y en la reorientación ante nuevas situaciones decisivas”.

Extraído de Libros de Cíbola

Renacer desde lo alto

Evangelio según San Juan 3, 1-8

“Había un fariseo llamado Nicodemo, hombre principal entre los judíos, que fue de noche a ver a Jesús y le dijo: “Maestro, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces, si Dios no está con él”. Jesús le contestó: “Yo te aseguro que quien no renace de lo alto, no puede ver el Reino de Dios”. Nicodemo le preguntó: “¿Cómo puede nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Acaso puede, por segunda vez, entrar en el vientre de su madre y volver a nacer?

Le respondió Jesús: “Yo te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne, es carne; lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tienen que renacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu”.

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta – 20 de abril de 2020

“Ser cristiano no es sólo cumplir los Mandamientos: hay que cumplirlos, es cierto; pero si te quedas ahí, no eres un buen cristiano. Ser cristiano es dejar que el Espíritu entre en ti y te lleve a donde Él quiere que vayas. Muchas veces en nuestra vida cristiana nos detenemos como Nicodemo, ante ‘la sorpresa de lo inesperado’, no sabemos qué paso dar, no sabemos cómo hacerlo o no tenemos la confianza en Dios para dar ese paso y dejar que el Espíritu entre. Nacer de nuevo es dejar que el Espíritu entre en nosotros y dejar que el Espíritu sea que nos guíe fuera de nosotros mismos para ser libres, con esta libertad del Espíritu que nunca sabrás dónde te conducirá”.

Las alegrías más lúcidas y amargas de la soledad

“El desierto real es este: hacer frente a las limitaciones reales de la propia existencia y no tratar de manipularlas o rechazarlas con repugnancia. No embellecerlas con posibilidades. No pretender otras posibilidades mas que aquellas que son realmente posibles en el momento concreto, aquí y ahora. Y, entonces, elegir o rechazar, según uno quiera, sabiendo que esa elección no es una solución para algo, sino meramente un paso más hacia un contexto ligeramente modificado de otras posibilidades, muy pocas, verdaderamente limitadas, muy insignificantes y muy concretas.

Darse cuenta de que toda la vida de uno, de cada uno, es precisamente esto. Cuando se vive en sociedad las posibilidades parecen ilimitadas. Uno está en contacto con otras gentes, con otras libertades, otras elecciones; y quién sabe lo que todos los demás pueden elegir en un momento determinado… Todo son posibilidades… Pero cuando se está en soledad, y cuando se ven y se aceptan las limitaciones reales, entonces esas limitaciones se desvanecen, y se abren nuevas posibilidades ante uno.

El presente está ahí, contundente, ilimitado. El único modo de aferrarlo en toda su extensión es despejar las limitaciones que nosotros colocamos en él mediante futuras expectativas, esperanzas y planes, o conjeturas, o lamentos sobre el pasado, o intentos de explicaciones de algo que hemos vivido y con lo que deseamos seguir viviendo. ¿Vivir con ello? Vivir con algo que hemos experimentado en el pasado es poner limitaciones al presente. Así y todo, el pasado entra en nuestro presente: es la limitación contra la que debemos hacer valer nuestra desventaja”.

De Thomas Merton

Desierto y mirada purificada

«Debemos recordar por qué los Padres del Desierto vivieron el sistema de vida que conocemos por diversos relatos. Su vocación —y esta es la piedra angular de toda espiritualidad monástica— tiene una finalidad doble: “El fin último de nuestra profesión es el reino de Dios… el fin próximo, al que encaminamos nuestros esfuerzos inmediatos, la pureza de corazón.

La lucha por la pureza de corazón se compone de dos fases: primero, el dominio de nuestras acciones y la adquisición de virtudes y extinción de las pasiones. Después viene la parte más difícil de la subida: la concentración constante de la mente en Dios. Casiano a menudo se preocupaba por uno de los grandes problemas de los monjes: el de la distracción.

Aquí es en donde la meditación de las Escrituras, y en particular el uso de las Escrituras en la oración litúrgica y privada, ocupa un lugar muy importante. La lectura de las Escrituras no está tanto orientada a adquirir conocimientos sobre la vida espiritual cuanto a conseguir que el alma reciba la “iluminación” que hace ver todas las cosas en Dios, dentro de una historia de salvación” y, por tanto de “revelación”».

De Tomas Merton, ocso

¿muerte, dónde está Tu poder?

“Aquél que es devoto y amante de Dios, que disfrute de esta magnífica y brillante fiesta. Aquél que es un siervo agradecido, que entre alegremente en el gozo del Señor. Aquél que está cansado en ayuno que reciba ahora el denario de recompensa. Si a1guien ha trabajado desde la primera hora, que reciba su gratificación correspondiente. Si alguien ha llegado después de la tercera hora, que participe en la fiesta agradecido. Aquél que llega después de la sexta hora, que no dude: él nada pierde. Si alguien ha demorado hasta la novena hora, que se aproxime, sin vacilación. Aquél que llega en la undécima hora, que no tema a causa de su demora, porque el Señor es de gracia y de generosidad. 

El recibe tanto a los últimos como a los primeros. El concede descanso al que viene en la undécima hora, igual como aquél que ha trabajado desde la primera hora. Él tiene misericordia del último, y satisface al primero. A aquél da, y a éste regala. El recibe las obras y acepta la intención. Honra los hechos, y alaba el empeño. Por lo tanto, entrad vosotros todos al gozo de vuestro Señor. Los primeros y los últimos, tomad vuestra recompensa. Ricos y pobres, regocijaos y alegraos juntos. Porque la mesa está llena, deleitaos de ella todos. El ternero está echado entero; que nadie se retire con hambre. Regocijaos todos del banquete de la fe. Disfrutad de todas las riquezas de la bondad. Que nadie se queje de su pobreza, porque el Reino Universal se ha manifestado.

Que nadie se lamente a causa de los pecados, porque el perdón ha surgido resplandeciente del Sepulcro. Que nadie tema la muerte, porque la muerte del Salvador nos ha librado. Porque destruyó la muerte cuando ésta se apoderó de Él. Aquél que descendió al infierno aniquiló al infierno; y lo hizo experimentar la amargura; cuando éste tomó su Cuerpo. Esto predijo Isaías cuando exclamó diciendo: “El hades fue amargado, cuando Te encontró abajo. Ha sido amargado, funestamente, porque ha sido destruido. Ha sido amargado porque ha sido encadenado. Recibió un Cuerpo, y he aquí que era Dios. Tomó la tierra, y encontró Cielo. Tomó lo visible, y fue vencido invisiblemente. 

¿Oh muerte dónde está Tu poder? ¿Oh hades dónde está Tu victoria Cristo resucitó, y fuiste aniquilado. Cristo resucitó y fueron arrojados los demonios, Cristo resucitó y los Ángeles se regocijaron. Cristo resucitó y reinó la vida. Cristo resucitó, y los sepulcros se vaciaron de los muertos. Porque Cristo habiendo resucitado de entre los muertos, fue el Primogénito de entre los muertos, a Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

HOMILÍA PASCUAL DE SAN JUAN CRISÓSTOMO

Icono: Las mirófaras en la tumba vacía

El sacramento universal

La crucifixión del Señor

“… La cruz de Cristo ha cambiado el sentido del dolor y del sufrimiento humano. De todo sufrimiento, físico y moral. Ya no es un castigo, una maldición. Ha sido redimida en raíz desde que el Hijo de Dios la ha tomado sobre sí. ¿Cuál es la prueba más segura de que la bebida que alguien te ofrece no está envenenada? Es si él bebe delante de ti de la misma copa. Así lo ha hecho Dios: en la cruz ha bebido, delante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces. Así ha mostrado que éste no está envenenado, sino que hay una perla en el fondo de él.

Y no sólo el dolor de quien tiene la fe, sino de todo dolor humano. Él murió por todos. «Cuando yo sea levantado sobre la tierra —había dicho—, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32). ¡Todos, no sólo algunos! «Sufrir —escribía san Juan Pablo II desde su cama de hospital después del atentado— significa hacerse particularmente receptivos, especialmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo». Gracias a la cruz de Cristo, el sufrimiento se ha convertido también, a su manera, en una especie de «sacramento universal de salvación» para el género humano…

Mientras pintaba al fresco la catedral de San Pablo en Londres, el pintor James Thornhill, en un cierto momento, se sobrecogió con tanto entusiasmo por su fresco que, retrocediendo para verlo mejor, no se daba cuenta de que se iba a precipitar al vacío desde los andamios. Un asistente, horrorizado, comprendió que un grito de llamada sólo habría acelerado el desastre. Sin pensarlo dos veces, mojó un pincel en el color y lo arrojó en medio del fresco. El maestro, estupefacto, dio un salto hacia adelante. Su obra estaba comprometida, pero él estaba a salvo. Así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos…” 

Extraído de Homilía del Padre Cantalamessa 10/04/2020

El icono fue extraído de Pinterest

La gracia del estupor

“… En realidad, aquellas personas seguían más una imagen del Mesías, que al Mesías real. Admiraban a Jesús, pero no estaban dispuestas a dejarse sorprender por Él. El asombro es distinto de la simple admiración. La admiración puede ser mundana, porque busca los gustos y las expectativas de cada uno; en cambio, el asombro permanece abierto al otro, a su novedad. 

Él triunfa acogiendo el dolor y la muerte, que nosotros, rehenes de la admiración y del éxito, evitaríamos. […] Sorprende ver al Omnipotente reducido a nada. Verlo a Él, la Palabra que sabe todo, enseñarnos en silencio desde la cátedra de la cruz. Ver al rey de reyes que tiene por trono un patíbulo. Ver al Dios del universo despojado de todo. Verlo coronado de espinas y no de gloria. Verlo a Él, la bondad en persona, que es insultado y pisoteado. 

Su amor se acerca a nuestra fragilidad, llega hasta donde nosotros sentimos más vergüenza. Y ahora sabemos que no estamos solos. Dios está con nosotros en cada herida, en cada miedo. Ningún mal, ningún pecado tiene la última palabra. Dios vence, pero la palma de la victoria pasa por el madero de la cruz. Por eso las palmas y la cruz están juntas.”

Homilía del Papa Francisco el Domingo de Ramos

Los modos de Dios

“…¿Qué significa entregar nuestra vida y morir a nuestro yo?

Significa entregar nuestros modos de ver las cosas, para que los modos de Dios sean los que rijan nuestra vida, no los nuestros. Significa entregar nuestros planes, para pedirle a Dios que nos muestre Sus planes para nuestra vida, y realizar esos planes, no los nuestros. Significa entregar nuestra voluntad a Dios, para que sea Su Voluntad y no la nuestra la que sigamos durante nuestra vida en la tierra. Es, entonces, un continuo morir a lo que este mundo nos propone como deseable y hasta conveniente.

Pero pensemos: ¿Quién es el dueño de este mundo? Ya Dios nos advierte en su Palabra quién rige el mundo: aquél que es llamado en este pasaje “príncipe (o amo) de este mundo”. Si observamos bien, los valores que nos propone el mundo son muy diferentes a los de Dios. Los criterios de este mundo son también muy diferentes a los de Dios…

Próximos ya a la Semana Santa cuando conmemoraremos la entrega total que Cristo hizo de Sí mismo, perdiendo su vida para darnos una nueva Vida a todos nosotros, es tiempo propicio para una profunda conversión. Reflexionando sobre las palabras del Evangelio y aplicándolas a nuestra vida espiritual, podríamos pedir al Señor esta gracia de conversión profunda que significa el poder comprender y realizar este ideal que nos propone y nos muestra Cristo: morir para vivir, perder para ganar, entregar para obtener…”

Aquí el texto completo de la homilía del pasado domingo 21 de Marzo

Escuchar a Cristo

“¿COMO PODEMOS CREER SI NO ESCUCHAMOS? ¿Y cómo escuchamos si no hacemos silencio muy en lo hondo de nuestro corazón? Es necesario hacer callar muchas voces y mucho ruido cotidiano, para oír mejor la llamada de Jesús a cambiar, a renovarnos, a revivir la gracia de nuestro bautismo, a morir y resucitar con Él. Esta es la experiencia del desierto, de reflexión, de ayuno, de caridad y de oración que se nos vuelve a proponer, para poder celebrar la Pascua de verdad.

¿POR QUÉ NO INTENTAMOS CAMBIAR? Ya sé que cuesta creer en la posibilidad de cambiar. Parece difícil. O imposible. Quizá ya lo hemos intentado otras veces… ¡Fiémonos de Dios! Para Él nada le es imposible. “Cristo, que murió por los pecados una vez para siempre… para conducirnos a Dios”, nos ayudará a realizar un proceso de conversión auténtica. Tengamos confianza, dejémonos conducir hacia el desierto por el Dios de las promesas, para concienciarnos de nuestro mal, de todo lo que impide que seamos auténticos hijos de Dios. Y Él será quien vencerá el mal en nosotros, y nos ayudará a responder decididamente, con generosidad, a su llamada de conversión.

DEBEMOS PEDIR la gracia de darnos cuenta más claramente de todo lo que nos aleja de Dios y del prójimo. Y de darnos cuenta del desorden general que puede haber en nosotros. Y arrepintiéndonos, ordenarnos según los criterios del Evangelio. Esta es la gracia más grande que la Cuaresma debe producir en todos los cristianos. ¿Quiero hacer caso de Cristo? ¿Quiero escuchar su predicación, acoger su Reino, y creer de verdad? Dejemos que hoy cale hondo esta predicación de Jesús…” 

JOAN ENRIC VIVES
MISA DOMINICAL 1988

La Kenósis

Las tentaciones. 

El mismo Espíritu que consagró a Jesús, «lo empujó al desierto, para que fuera tentado por el diablo» (Mt 4,1). Si el evangelista afirma que Jesús fue al desierto empujado por el Espíritu, quiere decir que estamos ante un acontecimiento que tiene que ver con su misión; es decir, con nuestra salvación. Así se manifiesta el significado último de la kénosis, del vaciamiento de Cristo, que «se despojó de la forma de Dios y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos» (Flp 2,6-7).

Cristo sufrió las tentaciones para que se cumpliera lo que dice la carta a los Hebreos: «Ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado» (Heb 4,15). Por eso puede comprendernos y tener compasión de nosotros. En último término, las tentaciones de Jesús coinciden con las de cada hombre, desde el principio: usar de Dios en provecho propio, pedirle pruebas, no fiarse de Él, usar del poder de este mundo para imponer los propios criterios, decidir por sí mismo, independientemente de lo que Dios disponga…

Extraído de “Caminando con Jesús”.

Invocaré al Señor

SALMO 142

Poema de David. Cuando estaba en la cuevaOración.

Invocaré al Señor con toda mi voz, con toda mi voz suplicaré al Señor; expondré mi queja ante él, expresaré mi angustia en su presencia. Ya se me acaba el aliento, pero tú conoces mi camino: en la senda por donde voy me han ocultado una trampa. Miro a la derechaobservo, y no hay nadie que se ocupe de mí; ya no tengo dónde refugiarme, nadie se interesa por mi vida.

Por eso clamo a ti, Señor, y te digo: «Tú eres mi refugio, mi herencia en la tierra de los vivientes». Atiende a mi clamor, porque estoy en la miseria; líbrame de mis perseguidores, porque son más fuertes que yo. Sácame de la prisión, y daré gracias a tu Nombre: porque los justos esperan que me concedas tu favor“.

Extraído de “El libro del Pueblo de Dios”

El Sol de Justicia

En el desierto, lejos del ruido y la distracción de la ciudad, Dios puede comunicarse directamente a nuestro corazón… podemos oírle mejor. ¡Qué importante, pues, crear espacios de silencio y quietud en nuestra vida cotidiana si queremos experimentar la luz y el amor de Dios en nuestro corazón! Dios resplandece en nuestro corazón mejor en el silencio del desierto o dondequiera que hagamos silencio.

Es importante buscar en cada jornada un momento de quietud. Sentarnos en silencio, sin movernos, centrándonos en Dios por suficiente tiempo cada día, para comenzar a experimentar la gran luz de Dios en nuestro corazón, iluminándonos y llenándonos de su esplendor y gloria; porque en esos momentos el Sol de justicia (Mal. 4, 2) resplandece sobre nosotros. En la oración de quietud sentimos el esplendor de Dios en nuestro corazón irradiando todo nuestro ser y Cristo manifiesta a nosotros en su belleza.

Si tenemos dificultades para permanecer en quietud, la oración de Jesús, la repetición pausada y amorosa de Su Nombre puede ayudar a centrarnos. “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gracia de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Cor. 4, 6).

Adaptado de un texto en Catholic.net

La sombra protectora

Simplificar nuestra vida al máximo posible es seguir la espiritualidad del desierto que apunta a lo esencial. Quitar poco a poco lo que sobra, lo que en realidad dificulta aunque parezca en principio ayudar. La ascética de lo poco, de lo justo. Vivir recordando a Dios y ajustar a su voluntad nuestras acciones es lo imprescindible; lo demás pasa.

Levanto mis ojos a las montañas: ¿de dónde me vendrá la ayuda? La ayuda me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. El no dejará que resbale tu pie: ¡tu guardián no duerme! No, no duerme ni dormita el guardián de Israel. El Señor es tu guardián, es la sombra protectora a tu derecha: de día, no te dañará el sol, ni la luna de noche. El Señor te protegerá de todo malcuidará tu vida. El te protegerá en la partida y el regreso, ahora y para siempre”. (Salmo 121)

Lo que dice el salmista se hace realidad en nuestra vida mientras más nos dejamos guiar por la voluntad de Dios, por sus mandatos y mandamientos. No cuando queremos imponer nuestros deseos o forzar las situaciones. Allanemos los senderos del alma para que venga la luz de la resurrección de Cristo en el corazón.

Texto del blog

El desierto de lo necesario

En el desierto todo se rige por la necesidad. El páramo nos enseña a diferenciar lo que son deseos de lo que es necesidad. La vida tiene sus requerimientos, siempre simples, claros, no esclavizan; cesan en el momento de ser saciados. Los deseos en cambio son apetencias que muchas veces no vienen al caso. No dar aire a todos los deseos. De entre todos ellos elegir los convenientes para nuestra elevación espiritual. El problema con los deseos hacia las cosas prescindibles es que no calman las ansias sino que las alimentan. El fuego no se apaga con combustible.

La plenitud aparente y efímera que nos dan los deseos se muestra vana al poco tiempo. Ayunar de deseos, centrarnos en la necesidad profunda del corazón. Llevar todo al único deseo de vivir en nosotros el reino de los cielos que ya está presente a todas horas. Ocuparse de lo que importa que lo demás viene por añadidura. Que este propósito nos guíe en lo que resta de cuaresma, purificando el alma para la resurrección de Jesucristo.”

Texto propio del blog

La Nueva Jerusalén

“Y el desierto se engalanará y la estepa extenderá una alfombra tupida de flores bajo los pies del cortejo triunfal, y exultará de júbilo al contemplar la gloria de nuestro Dios” (Is 35,1-2). La transformación del desierto es, en ciertos pasajes apocalípticos, como el signo de la salvación final, ya que… el Mesías aparecerá en el desierto (Mt 24,26; Ap 12,6-14).

“Voz de uno que clama en el desierto: preparad el camino del Señor”. Así comienza el evangelista Marcos el pregón de la “Buena Nueva”… Una vez más la salvación se iniciaba en el desierto. La liberación estaba a punto de pasar de la profecía a su cumplimiento: “Y aconteció por aquellos días que vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán…” “Y al punto, el Espíritu le impele al desierto” (Mc 1,9).

Los cuarenta días que Jesús pasa haciendo penitencia nos recuerdan los cuarenta años de travesía de Israel por el desierto… Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por Satanás. Podemos, pues decir que, en toda la tradición bíblica, el desierto tiene un doble sentido que se complementa: Uno, como lugar de elección y otro como medio de purificación, constituyendo ambos la preparación inmediata a la entrada en la Tierra Prometida, en el Reino de Dios.

Pero lo más importante es recalcar que donde Israel sucumbió, Jesús triunfó y su triunfo fue la liberación nuestra. De aquí, que, para nosotros, la imagen del desierto, su simbolismo, toma en Cristo realidad. Superando Él toda prueba, consumada en su muerte, nos ha abierto a nosotros las puertas de la verdadera Tierra Prometida, la Nueva Jerusalén.

El texto completo en : “El desierto en la Biblia”.

Necesitados de Dios

El desierto impresiona. Parece que no hay nada, solo arena y arena. Uno mira alrededor y las dunas se extienden hasta donde llega la vista. Se hace casi imposible caminar y solo se escucha el viento. Es sobrecogedor. El vacío, el silencio, la monotonía, empiezan a sentirse con increíble fuerza. Asusta un poco. A veces cuando la vida se nos complica sentimos que estamos en un desierto. Sentimos el vacío y el miedo, el abandono y hasta la desesperanza de no ver ninguna señal que nos ilumine a nuestro alrededor. Ni siquiera a Dios.

La experiencia del desierto al inicio es abrumadora. Unos minutos después, sin embargo, sucede lo siguiente. Los sentidos se afinan, y se empiezan a escuchar con mayor claridad los propios pensamientos. Empieza a aflorar con fuerza lo que uno lleva en el corazón. Ahí, en ese momento, es donde se juega todo lo que viene, pues podemos decidir hacia donde queremos dirigir nuestros siguientes pasos. Ahí, aunque uno no lo vea, está Dios. Jesús inició su misión pasando un tiempo en el desierto.

Siguiendo esa costumbre cada año, cuando nos preparamos para celebrar la Semana Santa, la Iglesia nos invita durante la Cuaresma a entrar en una suerte de desierto. Lo que nos enseña la Cuaresma es útil para todos, pero sobre todo para quienes atraviesan una situación complicada en la vida. La enseñanza es la siguiente: descubrirse realmente necesitados de Dios y así acoger con alegría la noticia que llena de esperanza cualquier situación, hasta la más dura: el triunfo de Jesús sobre el mal. ¿Qué podemos aprender en el desierto?

Extraído de Catolic Link

La presencia interior

“Junto a Abraham, otro hombre: Moisés. Él será el gran peregrino de la espiritualidad del desierto de toda la humanidad. Mirado y elegido por Dios para llevar adelante el plan salvador y libertador para Israel, también él será un peregrino que irá agarrado de la mano de Dios en fe y confianza. Oscura la fe y desnuda la confianza de estos hombres. Así merecieron el nombre de padres de la fe y padres del pueblo de Dios. Ellos, Abraham y Moisés, iniciaron la peregrinación de la fe de todos los tiempos. Son el referente de nuestra propia peregrinación hacia la Jerusalén celestial. También a nosotros nos acompaña la seguridad de una presencia interior: Jesús. Él nos es luz y guía en la precariedad de nuestra andadura…

La primera vez que Moisés se encontró con Dios en el desierto del Sinaí, fue a raíz del hallazgo de la zarza ardiente. El asombro de Moisés ante aquel extraño fenómeno, le lleva a entender que se halla ante algo sagrado que lo atrae y envuelve. Dios le pide descalzarse. Ante aquel fuego que no se consume, Yahvé se manifiesta a Moisés: “Claramente he visto cómo sufre mi pueblo/ Los he oído quejarse por culpa de sus capataces, y sé muy bien lo que sufren. Por eso he bajado, para salvarlos” (Ex 3,7). “ve, yo te envío/ yo estaré contigo” (Ex 3,1-15). Moisés comprometerá el resto de su vida a esta misión, ante la que, viendo su impotencia, se resistió, pero que asumió también y de la que ya no se desentenderá jamás…”

Extraído de “La espiritualidad del desierto” de Anna Seguí ocd

La vocación del hombre

“El cimiento fundante de la espiritualidad del desierto lo hallamos en la Biblia. Hay en mí una absoluta convicción de que en la Biblia está contenida toda la historia humana y espiritual de la humanidad. Nada de cuanto acontece al ser humano queda fuera de esa historia de amor y pasión, de extravío y salvación, de guerra y paz, de esperanza, de fe y confianza en Dios y su Cristo. La Biblia —en sus dos vertientes de Antiguo y Nuevo Testamento—, nos dice, pormenorizadamente, quién es Dios y quién es el ser humano. Creador y criatura.

Por otra parte, en el Nuevo Testamento hallamos la humanidad nueva que estamos llamados a ser. “Irá Juan delante del Señor con el espíritu y el poder del profeta Elías, para reconciliar a los padres con los hijos y para que los rebeldes aprendan a obedecer. De este modo preparará al pueblo para recibir al Señor” (Lc 1,17). Ser un pueblo de corazón bien dispuesto.

La adhesión a Jesús y su seguimiento es la vocación del hombre a construir la nueva humanidad, al modo de lo que Jesús nos ha mostrado a lo largo de su vida en medio de nosotros: “Sabéis que Dios llenó de poder y del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, y que este pasó haciendo el bien y sanando a cuantos sufrían bajo el poder del diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38)”.

Extraído de “La espiritualidad del desierto” de Anna Seguí ocd

Acto de misericordia

“En el origen, Dios elige un hombre: Abraham. Todo depende de una llamada. La elección de Abraham es un acto de la misericordia de Dios, que quiere salvar a la humanidad por medio de la humanidad. La llamada lleva consigo una exigencia: obedecer. “Sal de tu tierra a la tierra que yo te daré” (Gn 12,1). Salir de la tierra es salir del límite, es romper la estrechez que nos ata. Dios nos lanza a la novedad de lo desconocido. Es llamada a descubrir nuevos horizontes de esperanza. Ser creadores de historia de salvación.

Abraham parte. Para el hombre que se arriesga a decir sí a Dios, todo va en fe y confianza. No hay agarraderos ni referencias. Es el absoluto comienzo de algo que, en la vida, se nos pedirá muchas veces: abandono y confianza. Fiados y amparados solo en Dios, que nos regala seguridad. En su corazón, Abraham sabe que va de la mano invisible de su Dios, que se le ha mostrado como amigo. Un diálogo amoroso en el que Dios y el hombre se comprometen para siempre en fidelidad. Para Abraham, lo fundamental será la confianza en Dios. La confianza le dio seguridad. En el desierto espiritual, no se puede permanecer sin la confianza y el abandono en Dios…”

Extraído de “La espiritualidad del desierto” de Anna Seguí ocd

El espíritu del Yermo

“El desierto se identifica con lo árido. En la experiencia del trato de intimidad con Dios, esa circunstancia espiritual les sirve a los orantes que viven en la soledad y el silencio para no quedarse en la oración afectiva, consoladora, ni en la súplica interesada que se manifiesta en peticiones de auxilio, e introduce en su forma de orar la adoración como amistad en el trato con Dios. Saben que aunque parezca un tiempo perdido, nunca se le ganará al Señor en generosidad.

El enamorado de Dios ha experimentado que su vida no tiene sentido sin Él… es muy posible que, en la experiencia de desierto, asalte la pesadumbre por los propios pecados, aunque se quiere ser fiel al Señor. La pobreza y la debilidad se imponen muchas veces en la conciencia. En ese instante, el secreto lo enseñan quienes, en esas circunstancias, no dudaron en volver su mirada al Señor, dejándose mirar por Él…

En el desierto se forjan los testigos del amor de Dios, los que confiesan con sus vidas la absolutidad de Divina. Participar del espíritu del yermo, es gustar el sabor de la pertenencia amorosa a Dios”.

Extraído de “El desierto, lugar de la Palabra” de Ángel Moreno de Buenafuente.

“Vida Nueva” 2591 – Diciembre 2007 –

Forastero en tierra extraña

“Tienes que contar con la repugnancia natural ante el despojo y la soledad. La renuncia y la austeridad hará que tus pasiones se rebelen y reclamen lo que creen que es suyo. Esto supone entrar en la experiencia que narra el profeta Jeremías: «¿Dónde está el Señor, que nos subió desde Egipto, nos llevó por el desierto, la estepa y los páramos, por tierra seca y sombría, una tierra intransitada en donde nadie se asienta?» (Jr 2,6).

Acepta la dura ascesis del silencio interior y trata de ser fiel al propósito de morar siempre en Dios, con el objetivo claro de disponerte activamente a la escucha humilde del Señor. Ponte en camino. El desierto no es quietud ni estancamiento, sino peregrinación y combate. No es la tierra prometida, sino el duro caminar hasta alcanzarla. Por eso no te puedes instalar, ni buscar ningún tipo de seguridad o confort. Debes aceptar ser «un forastero en tierra extraña» (1Pe 2,11; Ex 2,22; Sal 119,19).

… Una vez entres en el desierto, dedícate exclusivamente a escuchar a Dios que te habla al corazón por su Espíritu; rechazando de plano imaginaciones, recuerdos del pasado, inquietudes del futuro, curiosidades o pensamientos dispersos. No te apoyes en tus planes o proyectos, para mantenerte libre de todo lo que pueda impedir que Dios se sirva de ti según su voluntad. Él conoce bien el plan que tiene sobre ti y te dará en cada momento la gracia que necesites para llevarlo a cabo”.

Extraído de “Contemplativos en el mundo”

El desierto en el mundo

“Si la experiencia de desierto la vas a realizar en medio del mundo tienes que cuidar este momento porque es la primera piedra de una obra de Dios singular. Hay que abandonar el mundo habitual, conocido y seguro, por el mundo desconocido e incierto de la soledad. Hay que romper con ese mundo, abandonando relaciones, tareas, preocupaciones, noticias, televisión, diversiones, etc.; y aceptando los desgarros y las incomprensiones que ello comporte.

¡Atención! Porque se trata de una tarea importante y delicada porque muchas de las realidades de tu vida no las podrás abandonar materialmente; por eso tienes que realizar un afinado discernimiento y una decidida decisión para abandonar materialmente todo lo que se pueda y «abandonar» interiormente todo aquello que no se pueda dejar materialmente; pero en cualquier caso es esencial tomar distancia de todas las realidades y relativizar todo lo que no es Dios, para poder abrirse incondicionalmente al soplo del Espíritu Santo.

Ten en cuenta que el verdadero desierto no está fundamentalmente en un lugar, sino en el corazón. La ruptura necesaria con el mundo para crear el desierto has de hacerla con valentía y generosidad, sin cálculos, dilaciones y componendas. Sólo así podrás disponerte a que Dios actúe libremente en ti arrancando todo lo que estorba para poder plantar de nuevo la siembra de una nueva vida. En este sentido no conviene calcular humanamente las dificultades, porque son superiores a nuestras fuerzas, sino disponerse a vivir en fidelidad el momento presente, haciendo de él la más expresiva manifestación de amor y de entrega incondicional a Dios…”

Extraído de pág. 4 de “¿Qué es el desierto?”

Vaciarse de sí mismo

“Hay que atravesar el desierto y permanecer en él para acoger la gracia de Dios. Es aquí donde uno se vacía de sí mismo, donde uno echa de sí lo que no es de Dios y donde se vacía esta pequeña casa de nuestra alma para dejar todo el lugar para Dios solo.

Los hebreos pasaron por el desierto, Moisés vivió en el desierto antes de recibir su misión, san Pablo, san Juan Crisóstomo se prepararon en el desierto. Es un tiempo de gracia, un período por el cual tiene que pasar todo el mundo que quiera dar fruto. Hace falta este silencio, este recogimiento, este olvido de todo lo creado, en medio del cual Dios establece su reino y forma en el alma el espíritu interior: la vida íntima con Dios, la conversión del alma con Dios en la fe, la esperanza y la caridad.

Más tarde el alma dará frutos exactamente en la medida en que el hombre interior se haya ido formando en ella. Sólo se puede dar lo que uno tiene y es en la soledad, en esta vida solo con Dios solo, en el recogimiento profundo del alma donde olvida todo para vivir únicamente en unión con Dios, que Dios se da todo entero a aquel que se da también sin reserva. ¡Date enteramente a Dios solo y Él se dará todo entero a ti!”

San Carlos de Foucauld, Carta al Padre Jerónimo (19-V-1898)

Total disponibilidad

La seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”. (Os 2,16)

“Si Dios quiere que te encuentres con él en lo más profundo de tu alma y te llama a salir durante un tiempo del mundo (física o espiritualmente) para vivir a solas con él, sin compartirle con nada ni con nadie, te está llamando al desierto para hablarte al corazón y seducirte… Es una experiencia de soledad voluntaria, vivida fuera o dentro del mundo, que permite que se purifique tu corazón, te hagas verdaderamente pobre y puedas entrar en la verdadera adoración que te libera de ataduras y te abre al amor de Dios y al abandono en sus manos…

Ten confianza. Como a Israel, Dios, que te llama al desierto, te acompañará y te guiará con su providencia: «Condujo a su pueblo por el desierto, porque es eterna su misericordia» (Sal 135,16). Y si es cierto que el desierto supone desgarro y dolor, el que llama a entrar en él dará la medicina necesaria, «porque él hiere y pone la venda, golpea y él mismo sana» (Job 5,18). La entrada en el desierto ha de hacerse con humildad y con paz. Toma la actitud que Dios le pide a Moisés: «Descálzate, porque el lugar que pisas es terreno sagrado» (Ex 3,5). La humildad en este momento ha de tener forma de total disponibilidad: preséntate al Señor en desnudez y pobreza.

Cuanto más ligero sea tu equipaje más libertad le darás a Dios para llenarte con su presencia, su amor y su gracia. Libérate de preocupaciones, afectos, urgencias, problemas, prisas, necesidades… Haz verdad el llamamiento del Señor: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura…» (Mt 6,33)

Extraído de “¿Qué es el desierto?”

Eres tú magnífico en las alturas

La montaña

Eres tú magnífico en las alturas, ¡oh Yavé! (Salmo 92,4) No carece de razón el que el Eremitorio se oculte casi siempre en algún repliegue de montaña. Será que es más fácil hallar en él un desierto menos accesible a los hombres para vivir escondido. Mas ese paraje tiene también en la historia religiosa del mundo una significación divina. Es uno de los lugares privilegiados de los encuentros de Dios y debes conservarle ese sabor místico.

La montaña virgen y solitaria es una marco digno para las grandes comunicaciones del Señor. Tiene de común con el desierto las exigencias de desnudez. Pero es además un signo en el espacio de la elevación del alma por encima del hormigueo de los negocios terrenales, de los pecados y placeres de los hombres.

Es un empuje soberbio de la tierra hacia la pureza del cielo. Cuantos la escalan experimentan y refieren esa sensación tónica de una especie de virginidad ambiental que filtra la pobre naturaleza humana eliminando la fiebre de las pasiones malas. Sus cimas invioladas hablan de Dios “magnífico en las alturas”. Los mismos anacoretas paganos han cedido al atractivo de la montaña, como sí sus cumbres intactas fueran el trono de su gloria. Déjate prender en ese hechizo espiritual; no es ilusorio.

El Eremitorio tendrá para ti las gracias de esos montes benditos, escogidos por el Señor para hablar al corazón de los hombres.

Capítulo “La Montaña”, segunda parte, página 25 de “El eremitorio”.

Haré brotar manantiales

En el desierto, Dios no ha señalado más rutas ni mas sendas que las de la oración (Isaías 43,19). La contemplación halla su fin en sí misma: no es otra cosa que el más subido ejercicio de la caridad, y, la caridad, virtud teologal que tiene a Dios por objeto, carece de finalidad utilitaria para nosotros. Por eso, cuando es auténtica, es inseparable de una santidad verdadera, la cual, a su vez, no es sino la eflorescencia de esa misma caridad vivificando la práctica de todas las virtudes hasta el heroísmo.

Tu desierto entonces se trocará en prado. Por haber sido fiel, El cumplirá sus promesas: “En las alturas peladas, dice Dios, haré brotar manantiales… tornaré el desierto en estanque y la tierra seca en corrientes aguas” (Isaías 41, 18-19). “Exulte el desierto y la tierra árida, regocíjese la soledad y florezca como un narciso… le será dada ‘la hermosura del Carmelo” (Isaías 35). Tu alma sedienta podrá abrevarse en el torrente de las delicias de Dios: Pues brotarán aguas en el desierto y correrán arroyos por la soledad, la tierra quemada se convertirá en estanque, y el país de la sed se convertirá en fuentes (Isaías 35,6-7).

Pags. 48 “El eremitorio” – Capítulo VI: “El monte Carmelo, los caminos de la oración”.

Una exigencia del corazón

“Para el contemplativo el centro de interés es el episodio profético de la nubecilla que a ruegos de Elías viene a poner fin, vertiendo su lluvia benéfica, a la sequía y al hambre (1 Reyes 18, 41-45). El retiro de Elías al torrente de Kerit, la purificación del Monte del culto de Baal (1 Reyes 18, 41-46), bien semejan una sorprendente premonición de las etapas que llevan al Ermitaño por las vías ascendentes de la Oración.

¿Qué es lo que buscas en la huida del mundo y aun del mundo cenobítico? ¿Por qué deseas vivir en celda, no ver nada, no oír nada, no decir nada, si no es por entrar en gozosa comunión directa con Dios y en conversar con El con la frecuencia y continuidad que consiente la fragilidad humana? La oración es eso: un coloquio filial con Dios, en confianza y libertad inspiradas por el amor…

El Ermitaño es el hombre de la Oración. Esta es para él una necesidad vital, una exigencia del corazón… Si el Ermitaño no está enamorado de Dios, nunca sabrá orar. Cerrado el libro, el aburrimiento le invade de nuevo, y ni por descuido se aventurará en esos largos silencios, durante los cuales el alma enteramente desocupada se abre a la irradiación del amor… No hay oración posible sin ese situarnos cara .a cara con el Señor en la actitud interior que nos sugiere lo que El es y lo que somos nosotros. Todas las verdades que conciernen nuestras relaciones con El tienen que brillar a los ojos del Ermitaño con un resplandor que nada pueda empañar”.

Pags. 45 y 46 “El eremitorio” – Capítulo VI: “El monte Carmelo, los caminos de la oración”.

Imagen extraída de “La iconografía Carmelita…”

Amigo de Dios

“Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus padres, cuando un día en que se dirigía, según costumbre, a la iglesia, iba pensando en su interior «los apóstoles lo habían dejado todo para seguir al Salvador, y cómo, según narran los Hechos de los apóstoles, muchos vendían sus posesiones y ponían el precio de venta a los pies de los apóstoles para que lo repartieran entre los pobres; pensaba también en la magnitud de la esperanza que para éstos estaba reservada en el cielo; imbuido de estos pensamientos, entró en la iglesia, y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo aquellas palabras del Señor en el Evangelio: Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo».

Entonces Antonio, como si Dios le hubiese infundido el recuerdo de lo que habían hecho los santos y con aquellas palabras hubiesen sido leídas especialmente para él, salió en seguida de la iglesia e hizo donación a los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas parcelas fértiles y muy hermosas), con el fin de evitar toda inquietud para sí y para su hermana…

Trabajaba con sus propias manos, ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: El que no trabaja que no coma; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio sustento, parte a los pobres. Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido que es necesario retirarse para ser constantes en orar: en efecto, ponía tanta atención en la lectura, que retenía todo lo que había leído, hasta tal punto que llego un momento en que su memoria suplía los libros. Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban amigo de Dios; y todos lo amaban como a un hijo o como a un hermano”.

Extraído de Diócesis de Segorbe Castellón

Profunda renovación

“Los desiertos también pueden invitar a una profunda reflexión sobre las realidades espirituales. Cuando la desnudez de un desierto desviste ante nuestros sentidos la frondosidad del mundo material, quizá volvamos nuestros corazones a Dios y tratemos de descubrir lo que es verdaderamente importante en nuestras vidas…

En el Nuevo Testamento el desierto de Judea se convierte en un lugar de encuentro significativo entre el pueblo judío y el profeta conocido como Juan Bautista. Aquí de nuevo encontramos el simbolismo dualista del desierto. Es lugar de advertencia así como lugar de encuentro espiritual. “¿Quién te advirtió que escaparas de la ira que llegaba?” pregunta Juan a los fariseos y saduceos que acuden a él, pero mucha gente busca el bautismo en arrepentimiento de sus pecados (Mateo 3,1-9).

El más importante de los que acuden a Juan es Jesús, que se reveló como Hijo de Dios al ser bautizado por Juan. Mateo, Marcos y Lucas indican que Jesús, inmediatamente después de ser bautizado, fue al desierto a ayunar y orar por cuarenta días y allí también fue tentado por el demonio. Después de rechazar la tentación, este desierto se convirtió en lugar de renovación, ya que los ángeles acudieron a servirle allí (Mateo 3,13—4,11).

Los desiertos de nuestras vidas son, sin lugar a dudas, lugares tormentosos de tentación y duda, pero también pueden ser ocasión de una profunda renovación espiritual”.

Párrafos extraídos de “Diócesis católica de Little Rock”

Obediente al llamado

Cuando habían pasado, Elías dijo a Eliseo: Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti. Y dijo Eliseo: Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí. El le dijo: Cosa difícil has pedido. Si me vieres cuando fuere quitado de ti, te será hecho así; más si no, no. Y aconteció que yendo ellos y hablando, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino. Viéndolo Eliseo, clamaba: ¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo! Y nunca más le vio; y tomando sus vestidos, los rompió en dos partes”. (2 Reyes 2:9-11)

Eliseo, cuando estaba para suceder a Elías, quería recibir incluso “dos tercios del espíritu” del gran profeta, una especie de doble parte de la herencia que tocaba al hijo mayor ( Dt 21, 17) para ser así reconocido como su principal heredero espiritual entre la muchedumbre de los profetas y de los “hijos de los profetas” agrupados en comunidades (2 R 2, 3). Pero el espíritu no se transmite de profeta a profeta como una herencia terrena: es Dios quien lo concede. De hecho así sucede, y los “hijos de los profetas” lo constatan: “El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo” (2 R 2, 15; cf. 6, 17).

Extraído de “La acción profética del Espíritu divino” de Juan Pablo II

Jesús habla de Eliseo en Lucas 4:27. El pueblo había rechazado a Jesús de Nazaret y les dijo que “ningún profeta es acepto en su propia tierra” (Lucas 4:24). Jesús dijo que había muchos leprosos en Israel en el tiempo de Eliseo, pero sólo el sirio Naamán, fue sanado. Un estudio de la vida de Eliseo revelará la humildad del profeta (2 Reyes 2:9; 3:11), su evidente amor por el pueblo de Israel (2 Reyes 8:11-12), y su fidelidad en un ministerio de por vida. Eliseo fue obediente al llamado de Dios, siguiendo a Elías con entusiasmo y fidelidad. Eliseo claramente creía en Dios y confiaba en Él. Eliseo buscó a Dios, y por medio de él Dios obró poderosamente.

Eliseo en la Biblia – gotquestions.org

Las huellas de Dios

Fiesta de La Epifanía

” Herodes es un hombre de poder… si reflexionamos bien, también Dios le parece un rival… Cuando vemos a Dios así acabamos por sentirnos insatisfechos y descontentos, porque no nos dejamos guiar por Aquel que es el fundamento de todas las cosas. Debemos eliminar de nuestra mente y de nuestro corazón la idea de la rivalidad, la idea de que dar espacio a Dios es un límite para nosotros mismos; debemos abrirnos a la certeza de que Dios es el amor omnipotente que no quita nada, no amenaza, sino que es el Único capaz de ofrecernos la posibilidad de vivir en plenitud, de experimentar la verdadera alegría…

Y llegamos así a la estrella. ¿Qué tipo de estrella era aquella que los Magos vieron y siguieron? Debemos volver al hecho de que esos hombres buscaban las huellas de Dios; buscaban leer su “firma” en la creación; sabían que “los cielos narran la gloria de Dios” (Sal 19,2); estaban seguros, de que Dios puede vislumbrarse en lo creado. Pero, como hombres sabios, sabían sin embargo que no es con un telescopio cualquiera, sino con los ojos profundos de la razón en búsqueda del sentido último de la realidad y con el deseo de Dios movido por la fe, como es posible encontrarlo, incluso se hace posible que Dios se acerque a nosotros…

La estrella les guió entonces a Belén, una pequeña ciudad; les guió entre los pobres, entre los humildes, para encontrar al Rey del mundo. Los criterios de Dios son diferentes a los de los hombres; Dios no se manifiesta en el poder de este mundo, sino en la humildad de su amor, ese amor que pide a nuestra libertad ser acogido para transformarnos y hacernos capaces de llegar a Aquel que es el Amor…”

Lee aquí la Homilía completa

La imagen fue extraída de MDC

Un gran padre espiritual

“.. En la Biblia, Elías aparece de repente, de forma misteriosa, procedente de un pequeño pueblo completamente marginal (1 Re 17, 1); y al final saldrá de escena, bajo los ojos del discípulo Eliseo, en un carro de fuego que lo sube al cielo (2 Re 2, 11-12). Es por tanto un hombre sin un origen preciso, y sobre todo sin un final, secuestrado en el cielo: por esto su regreso era esperado antes del advenimiento del Mesías, como un precursor. Así se esperaba el regreso de Elías.

La Escritura nos presenta a Elías como un hombre de fe cristalina: en su mismo nombre, que podría significar “Yahveh es Dios”, está encerrado el secreto de su misión. Será así durante toda la vida: hombre recto, incapaz de acuerdos mezquinos. Su símbolo es el fuego, imagen del poder purificador de Dios. Él primero será sometido a dura prueba, y permanecerá fiel. Es el ejemplo de todas las personas de fe que conocen tentaciones y sufrimientos, pero no fallan al ideal por el que nacieron.

La oración es la savia que alimenta constantemente su existencia. Por esto es uno de los personajes más queridos por la tradición monástica, tanto que algunos lo han elegido como padre espiritual de la vida consagrada a Dios. Elías es el hombre de Dios, que se erige como defensor del primado del Altísimo. Sin embargo, él también se ve obligado a lidiar con sus propias fragilidades. Es difícil decir qué experiencias fueron más útiles: si la derrota de los falsos profetas en el monte Carmelo (cfr. 1 Re 18, 20-40), o el desconcierto en el que se da cuenta que “no soy mejor que mis padres” (cfr. 1 Re 19, 4)…”

Extraído de (Audiencia general 7/10/20) – Santo Padre Francisco

Imagen extraída de Radio María España

El Monte de Dios

“El mismo nombre de “Monte de Dios” es un feliz augurio; como dice el salmista respecto del monte del Señor; en él habitará la raza de los que buscan al Señor, los que buscan al Señor, los que buscan el rostro del Dios de Jacob; los de manos inocentes y puro corazón, que no recibieron su alma en vano. Esta es, efectivamente la profesión de ustedes: buscar al Dios de Jacob… buscando ese mismo rostro de Dios que vio Jacob cuando dijo: “He visto al Señor cara a cara y mi alma está a salvo”.

“… como dice el apóstol: “Entonces conoceré como soy conocido; ahora vemos como en un espejo, confusamente, después lo veremos cara a cara tal cual es”; buscar su rostro continuamente en esta vida, por la inocencia de las manos y la pureza del corazón, esta es la piedad, que como dice Job “es el culto de Dios”. Una vida de piedad es la vida que debemos vivir pues para eso hemos recibido el alma”.

“La piedad a la que nos referimos es una constante memoria de Dios, un esfuerzo continuo dirigido a conocerlo, una tensión infatigable del corazón hacia su amor, de modo que, ni siquiera una hora deje de encontrar al servidor de Dios ocupado en ejercitarse y progresar, o bien, sumergido en la dulzura de la experiencia y el gozo de la fruición en Dios”.

Guillermo de Saint Thierry – de págs. 25 y 26 en “Carta de Oro, a los hermanos de Mont Dieu”. Ed. Padres Cistercienses. 2003 – Monasterio Nuestra Señora de Los Ángeles – Argentina –

La perfecta unión

“Hermanos: Puesto que Dios los ha elegido a ustedes, los ha consagrado a él y les ha dado su amor, sean compasivos, magnánimos, humildes, afables y pacientes. Sopórtense mutuamente y perdónense cuando tengan quejas contra otro, como el Señor los ha perdonado a ustedes. Y sobre todas estas virtudes, tengan amor, que es el vínculo de la perfecta unión. Que en sus corazones reine la paz de Cristo, esa paz a la que han sido llamados, como miembros de un solo cuerpo. Finalmente, sean agradecidos.

Que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza. Enséñense y aconséjense unos a otros lo mejor que sepan. Con el corazón lleno de gratitud, alaben a Dios con salmos, himnos y cánticos espirituales; y todo lo que digan y todo lo que hagan, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dándole gracias a Dios Padre, por medio de Cristo”. (Colosenses 3, 12 – 17)

“Mis ojos han visto tu salvación. Son las palabras que repetimos cada noche en Completas. Con ellas concluimos la jornada diciendo: “Señor, mi salvación viene de Ti, mis manos no están vacías, sino llenas de tus bondades”. El punto de partida es saber ver su gracia. Mirar hacia atrás, releer la propia historia y reconocer el don fiel de Dios: no sólo en los grandes momentos de la vida, sino también en las fragilidades, en las debilidades, en las miserias. […] Para tener la mirada justa sobre la vida, pidamos saber reconocer la gracia de Dios que nos envuelve por doquier, como Simeón”. (Misa para los consagrados, homilía del Santo Padre Francisco) (Feb.2020)

La fuente de la alegría

… La venida del Mesías, que restaura el plan de Dios es motivo y fuente de alegría para todos, pues el mundo cuenta entre sus tesoros más inapreciables, la presencia siempre actual del Príncipe de la paz que quiere conducirlo hacia ella. Necesitamos tomar en serio la paz y la equidad en el mundo, en todas sus manifestaciones: la paz íntima, del corazón, en las familias, en la convivencia cotidiana… Dios es un Dios de paz…

… Cuatro son las noches históricas de la humanidad: la noche de la creación, la de Abraham, la del Éxodo y la de Belén. Esta es la más importante porque el Hijo de Dios ha traído su paz, que no es como la pax romana, sino el fundamento de la civilización del amor. Que podamos vivir y contemplar en esta noche, al que es la paz.  

La homilía completa en “Contemplar y proclamar”

Imagen de Holyart

¡Feliz la que ha creído!

“En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”. (Lc 1,39-45)

Destacamos aquí la prontitud con que María acude a visitar a su pariente Isabel, acude en ayuda y también en actitud de compartir la alegría de la maternidad de ambas; sube en su humildad y portando en su seno la grandeza de la vida. (“Yo Soy el camino, la verdad y la vida, dice El Señor”) Isabel, quién también en actitud humilde queda llena del Espíritu Santo, destaca la fe de María como puerta al cumplimiento de lo prometido por Dios. (Feliz la que ha creído…)

Pidamos al Señor Nuestro Dios la prontitud para el servicio, la humildad necesaria para que la gracia pueda actuar en nosotros y la fe suficiente para que obren a través nuestro las maravillas que nos trae el nacimiento del redentor.

El pobre entre los pobres

Cristo nació en una cueva o gruta. Fue depositado en un pesebre excavado en la roca… sepultado en un sepulcro excavado en la roca. La iconografía suele reflejar este nacimiento ubicado en la gruta; Cristo la sacraliza con su presencia. Y es su carta de presentación para la misión encomendada. Él es el pobre entre los pobres: Anawim. Es el Hijo del Hombre que no tiene donde reclinar la cabeza.

Jesucristo nace alejado de palacios principescos, de los templos esculpidos por la mano del hombre… “Es la tierra el estrado de mis pies”.. ¿Qué casa me pueden construir? El Señor ha venido a su casa, la Tierra, para habitar en nuestro corazón, templo donde habita el Espíritu Santo, para orar a Dios en espíritu y verdad. Esta es la adoración que quiere el Padre.

Texto propio del blog

Actuar desde el espíritu

“La Subida al Monte Carmelo y la Noche Oscura del alma quieren declarar la experiencia humana de una búsqueda que parte de aquellas ansias de amor por las que saliendo de sí y de las cosas el hombre alcanza su transformación en Dios. La salida de sí y de las cosas en ningún momento se traduce en aniquilación. Se trata de un cambio de estado o situación. Paso del sentido al espíritu…”

“Actuar y VIvir desde la contemplación no desde el discurso. En definitiva, se trata de Introducir la historia en un horizonte nuevo de realización desde el actuar del hombre que VIve ya en contemplación. Se comprende que esta contemplación a la que nos referimos, evocando la doctrina mística de San Juan de la Cruz, es algo sumamente complejo que afecta a todo el ser del hombre. Insistimos en que como denominación genérica alude el Santo a esa nueva condición, modo de ser en el que se deja el obrar y actuar sensible para obrar y actuar desde el Espíritu…”

“En la consecución de esta nueva condición, que afecta al hombre entero, se empeña, ante todo, Dios mismo, que es el que provoca este estado creando un nuevo dinamismo de amor en el hombre. Por ello, para Juan de la Cruz, el entendimiento, fundamental en la contemplación entendida como conocimiento claro y distinto de la realidad, se incorpora al dinamismo amoroso de modo distinto, abriéndose pasivamente a una noticia o inteligencia oscura y general, aunque no por ello deja de ser la más alta noticia de Dios…”

Extraído de “La comunión con Dios en la historia” de Francisco Brandle Matesanz

Imagen extraída de Ermita de San Pedro y San Juan de la Cruz

¡Oh Cruz fiel!

San Juan de la Cruz

La cualidad de lo sagrado

“Cuando vamos a la Cueva a contemplarla, a visitarla, aunque sólo sea turísticamente, podemos maltratarla si no tenemos en cuenta que lo que estamos viendo es un monumento cuyo interés y belleza van mucho más allá de lo que contemplan los ojos. Si nuestra cabeza (inteligencia y fantasía) no nos complementa lo que los ojos ven, en realidad no vemos nada. Es la misma experiencia del patán que entrando en las cuevas de Altamira se contentara con comentar: «¡la de ganado que se pueden encerrar aquí!.. “

“Claro que se puede hacer ese tipo de turismo y son multitud los visitantes que ven las cosas de esa manera y quedan casi siempre defraudados de lo que ven. Nosotros estamos intentando exponer aquí la «teoría» de la visita perfecta, el «arquetipo» de un turismo que pueda servir de hito a conseguir para de verdad poder gozar de la contemplación de la Cueva Negra. Está claro que conocer tal «arquetipo» requiere de una «iniciación», pero eso es el sino del hombre: para poder vivir tiene que aprender.Volvamos al tema: La Cueva Negra fue un «lugar sagrado» en la Antigüedad…”

“Para nosotros tal «cualidad» no puede pasarse por alto. Tenemos que ir a la cueva sabiendo que pisamos tierra sagrada. Quizá no sea sacral para las enseñanzas y vivencias del cristianismo que profesamos, pero habremos de darle la categoría de la «sacralidad» intelectual, la «sacralidad» referencial para que podamos entender lo que estamos celebrando…”

Extraído de pág. 37 de “La cueva negra, lugar sagrado” – (Antonio González Blanco)

Lugares sagrados

“Si nos remontamos a los tiempos más antiguos en los que tenemos testimoniados con fuentes documentales la existencia de lugares sagrados, podemos recordar cuándo y cómo aparecen en las literaturas del Próximo Oriente Antiguo tratando a la vez de especificar el modo como surgen y los tipos de lugares sagrados que se crean.Tomando como punto de referencia los documentos y tradiciones de la Biblia que si no son los más antiguos sí que son lo bastante antiguos como para servirnos de referencia, hemos de comenzar por las tradiciones referentes a Abraham.

Abraham sacraliza aquellos lugares en los que se le ha manifestado el Señor y en aquellos lugares eleva altares y ofrece sacrificios. Así ocurre en Siquem, en Mabre, y en estos casos la sacralización viene constituida por la TEOFANÍA o aparición de Dios. Santos son los lugares que tienen culto previo. Así ocurre con Salem donde es rey Melquisedec, que ofrece pan y vino y bendice a Abraham. El origen es el culto habitual existente. La sacralización queda constituida por el USO.

Santos o sagrados son los lugares en los que Abraham celebra algún rito especial como es el de la alianza. Adquieren una sacralidad RITUAL confirmada por la manifestación divina. Santos son los lugares en los que Dios manifiesta un JUICIO, como ocurre con los profetas Elías cuando Dios actúa matando a todos los sacerdotes de Baal. O el lugar en el que Balaam bendice a Israel a pesar de que había sido llamado para que lo maldijera, dado el juicio de Dios que es el hecho de que la burra hable. En el mundo cristiano será santo el lugar en el que acaecen milagros”.

continúa…

Extraído de págs. 19 – 20 de “La cueva negra, lugar sagrado” – (Antonio González Blanco)

Hijos de la luz

Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron dos ciegos, que gritaban: “¡Hijo de David, compadécete de nosotros!” Al entrar Jesús en la casa, se le acercaron los ciegos y Jesús les preguntó: “¿Creen que puedo hacerlo?” Ellos le contestaron: “Sí, Señor”. Entonces les tocó los ojos, diciendo: “Que se haga en ustedes conforme a su fe”. Y se les abrieron los ojos. Jesús les advirtió severamente: “Que nadie lo sepa”. Pero ellos, al salir, divulgaron su fama por toda la región.  (Mateo 9, 27-31)

También nosotros hemos sido “iluminados” por Cristo en el Bautismo, y por ello estamos llamados a comportarnos como hijos de la luz. Y comportarse como hijos de la luz exige un cambio radical de mentalidad, una capacidad de juzgar hombres y cosas según otra escala de valores, que viene de Dios. El sacramento del Bautismo, efectivamente, exige la elección de vivir como hijos de la luz y caminar en la luz. Si ahora os preguntase: “¿Creéis que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Creéis que puede cambiaros el corazón? ¿Creéis que puede hacer ver la realidad como la ve Él, no como la vemos nosotros? ¿Creéis que Él es la luz, nos da la verdadera luz?” ¿Qué responderíais? Que cada uno responda en su corazón.  (ÁNGELUS 26 de marzo de 2017)

Extraído de “Evangelio de hoy”.

Tenías tu mano sobre mí

“Todos los hombres son hijos de Dios que los ama infinitamente: es entonces imposible querer amar a Dios sin amar a los seres humanos: cuanto más se ama a Dios, más se ama a los hombres. El amor de Dios, el amor por los seres humanos, es toda mi vida, será toda mi vida, así lo espero.”

¡Oh Dios mío! ¡Cómo tenías tu mano sobre mí, y qué poco yo lo sentía! ¡Qué bueno eres! ¡Cómo me guardaste! ¡Cómo me guardabas bajo tus alas mientras yo ni siquiera creía en Tu existencia!” Mi vocación ordinaria es la soledad, la estabilidad, el silencio… Pero si creo ser llamado, excepcionalmente a otra cosa, sólo puedo decir, como María: ‘Soy la Servidora del Señor’.”

“La Eucaristía es Jesús, es todo Jesús. Cuando se ama, se quisiera hablar constantemente con el ser a quien uno ama, o por lo menos mirarlo sin cesar: la oración no es otra cosa: la conversación familiar con nuestro Amado: mirarlo, decirle que uno lo ama, gozar de estar a Sus pies.”

Extraído de Biografía de Charles de Foucauld

Foto extraída de “Las siete palabras”

La huella de dios

EL SIMBOLISMO DE LA CUEVA EN EL SENO DE LA VISIÓN CRISTIANA DE LA NATURALEZA.

Por importante que sea el simbolismo de la cueva no puede entenderse aisladamente, éste sólo culmina con su integración en un esquema superior: el de la comprensión cristiana del mundo y el alegorismo universal con el que este mundo es contemplado en tanto que creación divina. El cristianismo primitivo desarrolló, al menos idealmente, una relación con la naturaleza distinta de la que había sido la visión pagana…

A ojos del cualquier hombre, y del cristiano también, la naturaleza sigue siendo una fuente de misterio a través de la cual se puede llegar a intuir la presencia de lo sobrenatural. Los escritores cristianos seguirán viendo en ella la huella de Dios. En este sentido, la contemplación de la naturaleza puede elevar el espíritu, y al igual que la lectura de la Biblia, es también un ejercicio de verdadera exégesis. La percepción patrística de la naturaleza ha estado siempre penetrada por metafísica…

Los Padres interpretan cada fenómeno natural en sentido espiritual, y siguen un planteamiento de raíz exegética, la Naturaleza es el libro de Dios y todo es espiritual o admite una lectura espiritual-moral, en la tradición hermeneútica cristiana estaríamos hablando de anagogé. Efectivamente, la visión simbólica, moral y alegórico-universal se presenta en la visión e interpretación de la Naturaleza. La Naturaleza, cuyo autor es Dios, enseña a través de la comparación, su contemplación es una didáctica de las cosas sagradas, como lo es la lectura de las Escrituras, inspiradas también por Dios…

LA CUEVA Y SU INTERPRETACIÓN EN EL CRISTIANISMO PRIMITIVO

Pags. 876 – 879 (Fragmentos)

La recuperación del paraíso

La cueva ocupa en muchos sentidos un lugar análogo al éremos. También ésta comienza siendo el hogar de los demonios, lugar tan desprovisto de huella humana como el desierto, tan desconocido que representa el poder de la muerte y de la oscuridad. El asceta marcha a la cueva para combatir allí a los demonios, en su propio terrero, para hacer entrar en él a Cristo victorioso, igual que hace al retirarse al desierto.

Las montañas, los lugares difícilmente accesibles y las zonas deshabitadas son escenario tradicional de innumerables prácticas ascéticas. Existe una imagen semilegendaria del desierto, del panéremos, como lugar que jamás pisan los seres humanos, región habitada no más que por demonios y bestias, al panéremos se dirige el anacoreta para enfrentarse en solitario contra los demonios. Se trata de un espacio no muy lejano en realidad, pero su distancia no resulta tanto física como simbólica.

Tras una lucha a menudo dramática, tal y como la vemos reflejada en los episodios transmitidos por la hagiografía tradicional, el anacoreta consigue la purificación y llegar al verdadero conocimiento de Dios a través de la renuncia; es entonces cuando se transforma en un hombre angélico o adámico, con ello se da el primer paso hacia la restauración definitiva de la relación con Dios y el vir Dei ve ante sus ojos una serie de signos anticipatorios: en mitad del desierto los ángeles le alimentan con frutas del Paraíso, los animales antes temerosos u hostiles se presentan mansos ante él. En la visión ascética cristiana el mito del desierto es la antesala al mito de la recuperación del Paraíso.

LA CUEVA Y SU INTERPRETACIÓN EN EL CRISTIANISMO PRIMITIVO

(Págs. 871-872)

Jesucristo rey del universo

Jesús hoy nos pide que dejemos que Él se convierta en nuestro rey. Un Rey que, con su palabra, con su ejemplo y con su vida inmolada en la Cruz, nos ha salvado de la muerte, e indica —este rey— el camino al hombre perdido, da luz nueva a nuestra existencia marcada por la duda, por el miedo y por la prueba de cada día. Pero no debemos olvidar que el reino de Jesús no es de este mundo. Él dará un sentido nuevo a nuestra vida, en ocasiones sometida a dura prueba también por nuestros errores y nuestros pecados, solamente con la condición de que nosotros no sigamos las lógicas del mundo y de sus «reyes». Que la Virgen María nos ayude a acoger a Jesús como rey de nuestra vida y a difundir su reino, dando testimonio a la verdad que es el amor.

Texto de “Angelus” del 25/11/18 – Papa Francisco

Imagen extraída de Pinterest

Vamos a la casa del Señor

¡Oh! qué alegría la mía cuando me dijeron:
Vamos a la casa del Señor (Salmo 121,1)

Jesucristo gustaba de descifrar el sentido divino de la naturaleza, inclinándose hasta sus más humildes maravillas, que tantos otros pisan distraídos: la hierba, vestida por Dios, y las flores de los campos, superiores en magnificencia a las galas de Salomón; la caña que el viento cimbrea, los manantiales que refrescan, los arreboles mañaneros o vespertinos, los campos ondulante de mieses, los senderos pedregosos, el relámpago que rasga el espacio, la luz centelleante.

Los animales tan humildes de nuestro entorno familiar le encantan: la gallina que reúne sus polluelos bajo sus alas, los gorriones que Dios alimenta, la cándida paloma, la oveja mansa y dócil… No hay rastro de hermosura que le deje insensible. Pero cada onda que hace vibrar sus facultades estéticas le trae al mismo tiempo el mensaje de su Padre que da a todo un sentido tan personal.

Con sus reacciones ante la primorosa naturaleza, Jesús nos da la inteligencia de ella y nos sitúa en la óptica en que debemos mirarla. El mismo, “resplandor de la luz eterna, espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su bondad” (Sabiduría 7,26), es el que, con miras a su Encarnación, se ha preparado un templo digno, un marco soberano para la “Figura” que es de la sustancia del Padre. Se comprende que las radiaciones de ese “Rostro” sublime, al rozar las criaturas, las haya dejado “vestidas de su hermosura” (cf. San Juan de la Cruz. Cant V, 5).

Extraído pgs.51-52 de “El Eremitorio” PDF

El descanso en Dios

Exulte el desierto y la tierra árida, regocíjese la estepa y florezca
como un narciso, exulte con júbilo y cantos de triunfo..,
le será dada la hermosura del Carmelo… (Isaías 35,12)

El Monte Carmelo, cuyo nombre significa “Viña” o “Vergel”, ha llegado a ser el símbolo de las ascensiones espirituales, cuyo término, en la cumbre, es el descanso en Dios, en las delicias de la unión plena. La Escritura nos lo describe como paraje fértil y deleitable, que por su encanto y feracidad le ha merecido evocar a la Santísima Virgen: “tu cabeza como el Carmelo” (Cantar de los cantares 7,6). Isaías pondera la hermosura del Carmelo (35,2). Dios mismo anuncia como tipo de su vindicta contra su Pueblo prevaricador la devastación del Carmelo. La arrogante montaña quedará pelada (33, 9), su cima se secará (Amós 1,2), toda su belleza se marchitará (Nah 1,4). Su único rival en magnificencia es el Líbano (Isaías 35,2). Su opulencia representa el alma expansionada en los goces de la contemplación.

Extraído de “El eremitorio” (Cap. VI, pag. 45)

Espejo de las virtudes

Y, como pasar por alto el otro modelo inspirador del estilo de vida de los carmelitas. La misma Madre de Dios, a quien los primeros padres tomaron por hermana y espejo de las virtudes que ellos mismos deberían alcanzar. Ella, después de contemplar el más profundo Misterio Divino por el anuncio del ángel, aceptó la iniciativa de Dios de escogerla a pesar de no sentirse digna para ser la Madre del Verbo. Y no quedándose en el deleite de su experiencia, nos cuenta el Evangelio que se puso en pie y fue a través de las montañas a donde estaba su prima Isabel para compartir con ella la comunicación de la Buena Nueva de Dios y para asistirla en el parto del Precursor. María también, después de experimentar la más honda experiencia de contemplación tuvo la fuerza para cumplir su misión…

…Para Santa Teresa de Jesús, nuestra madre y maestra, la contemplación es una forma de oración superior a la meditación y distinta de ésta en su estructura, ya que la meditación es discursiva mientras la contemplación es más intuitiva. La meditación es racional, obra del entendimiento orientado hacia la voluntad y la acción. La contemplación afecta directamente a la voluntad, cautivando y envolviendo al orante en una especial relación con Dios, preparándolo para la unión mística. Y ya sensibilizado y connaturalizado con la presencia y la acción de Dios en él, se mantiene en los altos grados de dicha unión.

Extraído de Portal Carmelitano

Quédate de PIE, ante mí, sobre la montaña

Podríamos atrevernos a decir que la contemplación en el Carmelo es tan propia como su nombre porque está absolutamente inmersa en sus raíces desde el mismo momento en que los ermitaños del Monte Carmelo decidieron abrazar este estilo de vida, que ha traspasado las fronteras de los siglos y sobrevivido a todos los cambios de los tiempos por la fidelidad con que hombres y mujeres, desde el principio han asumido esta forma de vivir en plena configuración con Cristo y al servicio de su Iglesia. Desde las constituciones más antiguas la Orden ha vivido la dimensión contemplativa como un rasgo fundamental de su carisma y lo ha mantenido así a través de todos los cambios y actualizaciones que dichas reglas han tenido…

Esta dimensión se vive desde el mismo profeta Elías, a quien consideramos patriarca de la Orden porque su estilo de vida es inspirador para los comienzos de los primeros ermitaños del Monte Carmelo. De él existe en las Sagradas Escrituras, y más exactamente en el I Libro de los Reyes un pasaje absolutamente memorable por cuanto el contenido del mismo nos da una prueba fehaciente de lo que significa la contemplación en el Carmelo. Y nos atrevemos a citarlo textualmente, por más que lo conozcamos para poder situarlo en el contexto de nuestras pretensiones a través de este subsidio: 

“Y el Señor le dijo: ´Sal fuera y quédate de pie ante mí, sobre la montaña´. En aquel momento pasó el Señor, y un viento fuerte y poderoso desgajó la montaña y partió las rocas ante el Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto; pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. Y tras el terremoto hubo un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Pero después del fuego se oyó un susurro suave y delicado. Al escucharlo, Elías se cubrió la cara con su capa, y salió y se quedó a la entrada de la cueva. En esto llegó a él una voz que le decía: ´¿Qué haces ahí Elías?´ Él contestó: ´Me consume el celo por el Señor, Dios de los Ejércitos…´” (I Re Cp. 19, 11 – 14).

Extraído de Portal Carmelitano