Sal de tu tierra…

Dijo Dios a Abraham, es decir al emigrante: “Sal de tu tierra de tu familia y de la casa de tu padre, y ven a la tierra que yo te mostraré, una tierra de la que mana leche y miel”. (Éxodo 3, 8) (Génesis 12, 1)

El exhorta al intelecto que se ha vuelto emigrante…: “Sal de tu percepción sensible, y por cierto, también de las realidades sensibles, en una palabra, sal de todo el mundo visible y ven a la tierra que yo te mostraré”.

Extraído de Filocalía, Tomo IV, pags. 345/6 – Calixto e Ignacio Xanthopoulus

El desierto espiritual

¿Qué es el desierto espiritual?

Es una etapa de despojamiento. Por una parte el abandono progresivo de lo que sobra. En la mente y el cuerpo, en la vida cotidiana. Dejar que crezca la simpleza, lo vacío. Permitir un silencio que es presencia de Dios.

El desierto es apoyarse en lo inmaterial. Descansar en la confianza, darse cuenta del papel de la providencia divina en todo lo que ocurre. Es entregarse al deber que toca haciendo lo mejor, sabiendo que los resultados están en las manos de Dios.

Siembra tu semilla

Así como ignoras cómo llega el aliento vital a los huesos en el seno de la mujer embarazada, así también ignoras la obra de Dios, que hace todas las cosas. Siembra tu semilla por la mañana y no dejes que tu brazo descanse hasta la tarde, porque no sabes si es esto o aquello lo que va a prosperar, o si ambas cosas son igualmente buenas. Eclesiastés 11, 5-6

Biblia de Jerusalén en Vatican.va

El desierto en el carmelo

En el Carmelo por desierto se entienden varias cosas. En primer lugar, el desierto es un espacio geográfico que se caracteriza por ser un lugar apartado, solitario, con frecuencia montes y lugares arriscados, que reúne las cualidades para favorecer una vida de recogimiento y la práctica de la contemplación.

No es una naturaleza salvaje, sino transformada y trabajada por el ermitaño lo que hace que un espacio agreste e inhóspito se convierta en un lugar ameno, en donde se da la comunión; en donde se da la simbiosis entre el hombre, el monje ermitaño y el entorno natural, lo que en buena parte lleva a que el ermitaño viva con y de los propios productos que le ofrece la naturaleza, sin someterla para nada a sobre-explotación.

“El desierto en el Carmelo Descalzo” de Luis Frontela

Lee el texto completo aquí

Levantes de la aurora

Foto es de Grego Polo Gómez

“… Es verdad que hay muchos llamados al desierto y a la soledad en los rumbos de este mundo y de su geografía. Es verdad que existen parajes que favorecen la contemplación y el silencio… Pero, ¿cómo reconocer ese único desierto si no estuviera ya presente en nuestro corazón? ¿Cómo descubrir la soledad y el silencio si no fueran realidades escondidas, anteriores a su existencia y manifestación exterior?

Cuando seguimos y vamos dejando detrás las cargas que dificultan nuestros pasos, cuando vamos liberándonos de tanto equipaje; entonces en la profundidad de la noche se perciben las primeras claridades de la aurora, esos “levantes de la aurora” como decía San Juan de la Cruz…”

Fray Alberto Justo OP en el prólogo a “Dios habla en la Soledad

Hizo brotar agua para ti

“Cuando se multipliquen tus vacadas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todos tus bienes; tu corazón se engría y olvidas a Yahveh tu Dios que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre; que te ha conducido a través de ese desierto grande y terrible entre serpientes abrasadoras y escorpiones: que en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura; que te alimentó en el desierto con el maná, que no habían conocido tus padres, a fin de humillarte y ponerte a prueba para después hacerte feliz.”


Deuteronomio, 8 , 13 – 16- Bíblia Católica Online

Vivir de tu palabra

Acuérdate de todo el camino que Yahvé tu Dios te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, para probarte y para conocer lo que había en tu corazón: si ibas a guardar sus mandamientos o no.

Te humilló y te hizo pasar hambre, y después te alimentó con el maná que ni tú conocías ni habían conocido tus padres, para hacerte saber que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahvé.

Deutoronomio 8, 2 – 3

Con gozo sacarás agua…

Con gozo sacarás agua de los manantiales de la salvación. (Isaías 12, 3)

En las altas colinas abriré ríos, y fuentes en la mitad de los llanos; tornaré el desierto en estanques de aguas; y en manaderos de aguas la tierra seca. (Isaías 41, 18)

La llevaré al desierto…

“Yo la voy a enamorar: la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,14). Con estas palabras del profeta Oseas, quiero suavizar un poco la hostilidad que evoca la palabra desierto, como lugar improductivo, capaz de tragarnos, hasta hacernos morir. El desierto será lugar de encuentro para el enamoramiento. Y en palabras del Principito, saberlo ver como lugar que esconde un tesoro, un pozo con agua que hace posible la vida. Dice: “Lo que embellece el desierto es que esconde un pozo en alguna parte”.

Cuando se me pidió hablar sobre “La espiritualidad del desierto”, me dije a mi misma: “¿no es, acaso, la experiencia de mi propia historia personal?; el desierto ¿no es también la experiencia que hace la humanidad entera, y cada ser humano en particular? El cristiano, por la resurrección de Cristo, ¿no está llamado a hacer florecer todos los desiertos?; ¿no nos ha colocado Cristo en el nuevo jardín de la redención, más bello y fructífero que el jardín de la creación? Son interrogantes a los que quiero ir respondiendo poco a poco.

Aquí puedes leer el texto completo

El crisol del desierto

Las tinieblas no son densas para ti,
y la noche luciría como el día
(Salmo 138,12)


Para el Eremita la noche es el momento de la máxima cercanía de Dios. La noche da realce al desierto desmaterializando las cosas. Colores y contornos se desdibujan y todo se disuelve en una capa uniforme de sombra azulada en que se pierde la mirada. El ritmo del tiempo parece estar en suspenso; la inmovilidad ha relevado a la sucesión y trae el presentimiento de que la eternidad está a la puerta.

Duerme la tierra en el silencio “mayor”. El firmamento atrae la vista del que vela hacia “los astros que brillan en sus atalayas… Lucen alegres en honor de quien lo hizo” (Baruc 3,34-35). En el umbral de su celda, pronto a responder a la campana de Maitines, el solitario escucha al Salmista: “Los cielos pregonan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 18, 1).

Extracto de: “El Eremitorio, espiritualidad del desierto”, pag. 21 de Dom Esteben Chevevière

Tiempo de gracia

Hay que atravesar el desierto y permanecer en él para acoger la gracia de Dios. Es aquí donde uno se vacía de sí mismo, donde uno echa de sí lo que no es de Dios y donde se vacía esta pequeña casa de nuestra alma para dejar todo el lugar para Dios solo. Los hebreos pasaron por el desierto, Moisés vivió en el desierto antes de recibir su misión, san Pablo, san Juan Crisóstomo se prepararon en el desierto.

Es un tiempo de gracia, un período por el cual tiene que pasar todo el mundo que quiera dar fruto. Hace falta este silencio, este recogimiento, este olvido de todo lo creado, en medio del cual Dios establece su reino y forma en el alma el espíritu interior: la vida íntima con Dios, la conversión del alma con Dios en la fe, la esperanza y la caridad. Más tarde el alma dará frutos exactamente en la medida en que el hombre interior se haya ido formando en ella.

Sólo se puede dar lo que uno tiene y es en la soledad, en esta vida solo con Dios solo, en el recogimiento profundo del alma donde olvida todo para vivir únicamente en unión con Dios, que Dios se da todo entero a aquel que se da también sin reserva.

¡Date enteramente a Dios solo y Él se dará todo entero a ti! 
(Beato Carlos de Foucauld, Carta al Padre Jerónimo, 19-V-1898).

Página desde la cual se extrajo el fragmento:

Contemplativos

A Ti clamamos

“…Dios te salve. A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas… Señora Abogada Nuestra…”

¡Refugio mío!

“Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti.” (Salmo 90, 1-2)