Una disposición del corazón

“Permanecer pequeño es reconocer su nada, esperar todo de Dios, como un niño espera todo de su Padre, es no inquietarse por nada, es no ganar un capital. Aún entre los pobres se da al niño lo que necesita, pero apenas crece, su padre no quiere seguir alimentándolo y le dice: ahora trabaja, puedes bastarte a ti mismo. Para no oír esto yo no he querido crecer, sintiéndome incapaz de ganarme la vida, ¡la vida eterna del Cielo!

Me he quedado pues siempre pequeña, no teniendo más ocupación que la de coger flores, las flores del amor y del sacrificio, y ofrecérselas a Dios para su agrado. Ser pequeño, es no atribuirse a sí mismo aun las virtudes que se practican, creyéndose capaz de algo, sino que reconocer que Dios pone este tesoro de la virtud en la mano de su hijo pequeño, para que él lo use cuando él lo necesite; siendo siempre el tesoro de Dios. En fin, es no descorazonarse por sus faltas, porque los niños se caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse un gran daño”.

No, la santidad no está en tal o cual práctica: consiste en una disposición del corazón que nos hace pequeños y humildes en las manos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre… El Señor se complace en mostrarme el único camino que lleva a esa hoguera divina, y ese camino es el abandono propio de la criatura que sin temor se duerme en brazos de su Padre… El abandono, «fruto delicioso del amor» está íntimamente ligado con la confianza y la humildad. Porque soy pequeña y débil, se inclina hacia mí y me instruye suavemente en los secretos de su amor”.

Extractos de “El abandono en Sta. Teresita de Jesús”

Un corazón puro

“Que los demás, Señor, te pidan toda clase de bienes; yo no te pediré más que un solo don. Que multipliquen sus palabras y ruegos; yo, Dios mío, no te haré más que una sola súplica: «dame un corazón puro» [Sal 50,12]. ¡Oh, corazón puro, qué feliz es el que te posee! Él ve dentro de sí a Dios, por la viveza de su fe. Le ve en todas las cosas y en todos los instantes, obrando dentro y fuera de él. Se ve siempre como su instrumento, guiado y conducido por Él en todo. Cierto es que casi nunca piensa en ello, pero Dios piensa por él. Aquello que sucede y ha de suceder por una ordenación providencial, basta con desearlo, pues Él comprende nuestra disposición.

En su pura sencillez, si el corazón intenta precisar este deseo, no alcanza a verlo; pero Dios lo ve y lo conoce. En fin, ¿sabes lo que es un corazón bien dispuesto? Es un corazón en el que Dios habita, y viendo todas sus inclinaciones, Él sabe bien que está siempre sometido a su beneplácito. Él conoce también que ese corazón apenas sabe lo que le es propio, y por eso Dios se encarga de dárselo. A este corazón no le importan las contrariedades. Quiere ir al Oriente, y Dios le conduce al Occidente. Iba a dar contra un escollo, el timón se vuelve y lo lleva al puerto. Sin conocer mapa ni camino, vientos o mareas, sin nada de esto, siempre sus viajes terminan felizmente. Si se le cruzan los piratas en el mar, un golpe de viento inesperado le pone fuera de su alcance…”

Extraído de “El abandono en la divina providencia”

Un mundo más luminoso

“Un tema muy importante en el monacato es el del desierto.  Los monjes van al desierto para estar allí a solas y buscar a Dios.  Antiguamente el desierto era el lugar donde moraban los demonios.  Antonio fue al desierto para luchar contra ellos.  Ir allí y meterse en su dominio era una decisión heroica.  Y una declaración de guerra a los demonios, que le tentaron y que trataron de echarle nuevamente de sus dominios.  Antonio creyó que, a través de esta lucha, se haría también para los demás un mundo algo más luminoso y sano.  Si vencía, los espíritus malignos tendrían menos poder sobre los hombres.  De este modo su lucha era también en favor del mundo. 

En el desierto, Antonio luchó en bien de toda la humanidad para mejorarla.  Huyendo del mundo, luchó para hacer un mundo más sano.  Para Antonio, el desierto es el lugar en el que los demonios se muestran de una manera más clara y manifiesta.  Como cuando Jesús, guiado por el Espíritu santo, marchó al desierto y allí fue tentado por el demonio, así los monjes que van al desierto cuentan con que han de luchar contra los demonios.  El monje es esencialmente un luchador.  Los padres antiguos eran alabados cuando, en este lucha, salían vencedores.

Cuando el demonio se apartó de Jesús, vinieron los ángeles le sirvieron.  El monte de las tentaciones se convirtió así en el monte del paraíso.  También los monjes hicieron esta misma experiencia.  El desierto no es solamente un campo de batalla, el lugar en el que uno no puede ocultarse de su propia verdad, en el que tiene que confrontarse despiadadamente consigo mismo y con sus propias sombras; el desierto es, además, el lugar de la mayor cercanía de Dios.  Así lo experimentó también el pueblo de Israel: como el lugar donde Dios les estuvo más cerca.  Dios los llevó por el desierto para introducirles en la tierra prometida…”

Extraído de “La sabiduría de los Padres del desierto de Anselm Grün

Amar Sus designios

“Dios y su voluntad es lo único que ocupa mi vida. Lo que antes era deseo vehemente, por su infinita misericordia se va templando. Qué inmensa es la gracia de Dios cuando va llenando poco a poco un alma. Cómo se va precisando más y más la vanidad de todo lo humano, y cómo en cambio, se llega uno a convencer prácticamente de que solo en Dios es donde se halla la verdadera sabiduría, la verdadera paz, la verdadera vida, lo único necesario y el único amor y deseo del alma.

Pero si de veras estamos unidos por amor a su voluntad, nada desearemos que Él no desee, nada amaremos que Él no ame, y estando abandonados a su voluntad, nos será indiferente cualquier cosa que nos envíe, cualquier lugar donde nos ponga… Todo lo que Él quiera de nosotros no solamente nos será indiferente, sino que será de nuestro agrado. (No sé si en todo esto que digo hay error; en todo me someto al que de esto entienda. Yo sólo digo lo que siento, y es que en verdad nada deseo más que amarle a Él, y que todo lo demás a Él lo encomiendo; cúmplase su voluntad).

Cada día soy más feliz en mi completo abandono en sus manos. Veo su voluntad hasta en las cosas más nimias y pequeñas que me suceden. De todo saco una enseñanza que me sirve para más comprender su misericordia para conmigo. Amo entrañablemente sus designios, y eso me basta. Soy un pobre hombre ignorante de lo que me conviene, y Dios vela por mí como nadie puede sospechar”.

De los escritos espirituales de San Rafael Arnaiz Barón