El descanso en Dios

Exulte el desierto y la tierra árida, regocíjese la estepa y florezca
como un narciso, exulte con júbilo y cantos de triunfo..,
le será dada la hermosura del Carmelo… (Isaías 35,12)

El Monte Carmelo, cuyo nombre significa “Viña” o “Vergel”, ha llegado a ser el símbolo de las ascensiones espirituales, cuyo término, en la cumbre, es el descanso en Dios, en las delicias de la unión plena. La Escritura nos lo describe como paraje fértil y deleitable, que por su encanto y feracidad le ha merecido evocar a la Santísima Virgen: “tu cabeza como el Carmelo” (Cantar de los cantares 7,6). Isaías pondera la hermosura del Carmelo (35,2). Dios mismo anuncia como tipo de su vindicta contra su Pueblo prevaricador la devastación del Carmelo. La arrogante montaña quedará pelada (33, 9), su cima se secará (Amós 1,2), toda su belleza se marchitará (Nah 1,4). Su único rival en magnificencia es el Líbano (Isaías 35,2). Su opulencia representa el alma expansionada en los goces de la contemplación.

Extraído de “El eremitorio” (Cap. 4, pag. 45)

Espejo de las virtudes

Y, como pasar por alto el otro modelo inspirador del estilo de vida de los carmelitas. La misma Madre de Dios, a quien los primeros padres tomaron por hermana y espejo de las virtudes que ellos mismos deberían alcanzar. Ella, después de contemplar el más profundo Misterio Divino por el anuncio del ángel, aceptó la iniciativa de Dios de escogerla a pesar de no sentirse digna para ser la Madre del Verbo. Y no quedándose en el deleite de su experiencia, nos cuenta el Evangelio que se puso en pie y fue a través de las montañas a donde estaba su prima Isabel para compartir con ella la comunicación de la Buena Nueva de Dios y para asistirla en el parto del Precursor. María también, después de experimentar la más honda experiencia de contemplación tuvo la fuerza para cumplir su misión…

…Para Santa Teresa de Jesús, nuestra madre y maestra, la contemplación es una forma de oración superior a la meditación y distinta de ésta en su estructura, ya que la meditación es discursiva mientras la contemplación es más intuitiva. La meditación es racional, obra del entendimiento orientado hacia la voluntad y la acción. La contemplación afecta directamente a la voluntad, cautivando y envolviendo al orante en una especial relación con Dios, preparándolo para la unión mística. Y ya sensibilizado y connaturalizado con la presencia y la acción de Dios en él, se mantiene en los altos grados de dicha unión.

Extraído de Portal Carmelitano

Quédate de PIE, ante mí, sobre la montaña

Podríamos atrevernos a decir que la contemplación en el Carmelo es tan propia como su nombre porque está absolutamente inmersa en sus raíces desde el mismo momento en que los ermitaños del Monte Carmelo decidieron abrazar este estilo de vida, que ha traspasado las fronteras de los siglos y sobrevivido a todos los cambios de los tiempos por la fidelidad con que hombres y mujeres, desde el principio han asumido esta forma de vivir en plena configuración con Cristo y al servicio de su Iglesia. Desde las constituciones más antiguas la Orden ha vivido la dimensión contemplativa como un rasgo fundamental de su carisma y lo ha mantenido así a través de todos los cambios y actualizaciones que dichas reglas han tenido…

Esta dimensión se vive desde el mismo profeta Elías, a quien consideramos patriarca de la Orden porque su estilo de vida es inspirador para los comienzos de los primeros ermitaños del Monte Carmelo. De él existe en las Sagradas Escrituras, y más exactamente en el I Libro de los Reyes un pasaje absolutamente memorable por cuanto el contenido del mismo nos da una prueba fehaciente de lo que significa la contemplación en el Carmelo. Y nos atrevemos a citarlo textualmente, por más que lo conozcamos para poder situarlo en el contexto de nuestras pretensiones a través de este subsidio: 

“Y el Señor le dijo: ´Sal fuera y quédate de pie ante mí, sobre la montaña´. En aquel momento pasó el Señor, y un viento fuerte y poderoso desgajó la montaña y partió las rocas ante el Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto; pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. Y tras el terremoto hubo un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Pero después del fuego se oyó un susurro suave y delicado. Al escucharlo, Elías se cubrió la cara con su capa, y salió y se quedó a la entrada de la cueva. En esto llegó a él una voz que le decía: ´¿Qué haces ahí Elías?´ Él contestó: ´Me consume el celo por el Señor, Dios de los Ejércitos…´” (I Re Cp. 19, 11 – 14).

Extraído de Portal Carmelitano

Mi cosa amada

Yo tengo ahora ya 54 años, no ha más allá de cuatro años que te conozco. ¡Cuán perdido ha andado mi corazón sin ti! ¿Por qué no te revelaste a mi juventud? ¡Cuán diferentes hubieran sido mis obras! Una sola palabra salida de tus labios hubiera bastado para advertirme de que eres tú mi cosa amada que buscaba. Hasta hallarte, mi corazón ha ido siempre en pos de ti preguntando por su Amada; más ¡ay! Nadie me daba razón de ti” (MR 7,14).

“- Yo (la Iglesia) soy un objeto infinitamente bello, bueno amable y deleitable; el corazón humano es cosa tan pequeña con respeto a mí, que no cabe dentro tanta grandeza, y por esto yo me he manifestado poco a poco y bajo mil formas y maneras; y ahora me manifiesto casi sin velos, porque tu entendimiento está ya dispuesto a recibir mi presencia en idea, especie, forma, figura o imagen. No obstante todos estos preparativos, apenas crees; tan pequeño es el individuo con respeto a objeto tan grandioso.

Yo soy Dios y tus prójimos, yo soy en Cristo cabeza el gran cuerpo moral de su Iglesia cuyos miembros son todos los predestinados a la gloria; y este cuerpo moral es tan grandioso, que no cabe en el entendimiento humano sino apenas la idea, figura o imagen, y para ésta es aún preciso ensancharle, dilatarle y engrandecerle, cuya operación no puede hacerse sino con tiempo, poco a poco, cooperando el amante. A proporción que entre la idea, noticia o imagen de mí en el entendimiento, el corazón se dilata, se ensancha y se dispone para unirse conmigo en amor; y ésta es también obra del tiempo” (MR 22,18).

Beato Francisco Palau i Quer (OCD). Del diario “Mis relaciones” (MR)