Eres tú magnífico en las alturas

La montaña

Eres tú magnífico en las alturas, ¡oh Yavé! (Salmo 92,4) No carece de razón el que el Eremitorio se oculte casi siempre en algún repliegue de montaña. Será que es más fácil hallar en él un desierto menos accesible a los hombres para vivir escondido. Mas ese paraje tiene también en la historia religiosa del mundo una significación divina. Es uno de los lugares privilegiados de los encuentros de Dios y debes conservarle ese sabor místico.

La montaña virgen y solitaria es una marco digno para las grandes comunicaciones del Señor. Tiene de común con el desierto las exigencias de desnudez. Pero es además un signo en el espacio de la elevación del alma por encima del hormigueo de los negocios terrenales, de los pecados y placeres de los hombres.

Es un empuje soberbio de la tierra hacia la pureza del cielo. Cuantos la escalan experimentan y refieren esa sensación tónica de una especie de virginidad ambiental que filtra la pobre naturaleza humana eliminando la fiebre de las pasiones malas. Sus cimas invioladas hablan de Dios “magnífico en las alturas”. Los mismos anacoretas paganos han cedido al atractivo de la montaña, como sí sus cumbres intactas fueran el trono de su gloria. Déjate prender en ese hechizo espiritual; no es ilusorio.

El Eremitorio tendrá para ti las gracias de esos montes benditos, escogidos por el Señor para hablar al corazón de los hombres.

Capítulo “La Montaña”, segunda parte, página 25 de “El eremitorio”.

Haré brotar manantiales

En el desierto, Dios no ha señalado más rutas ni mas sendas que las de la oración (Isaías 43,19). La contemplación halla su fin en sí misma: no es otra cosa que el más subido ejercicio de la caridad, y, la caridad, virtud teologal que tiene a Dios por objeto, carece de finalidad utilitaria para nosotros. Por eso, cuando es auténtica, es inseparable de una santidad verdadera, la cual, a su vez, no es sino la eflorescencia de esa misma caridad vivificando la práctica de todas las virtudes hasta el heroísmo.

Tu desierto entonces se trocará en prado. Por haber sido fiel, El cumplirá sus promesas: “En las alturas peladas, dice Dios, haré brotar manantiales… tornaré el desierto en estanque y la tierra seca en corrientes aguas” (Isaías 41, 18-19). “Exulte el desierto y la tierra árida, regocíjese la soledad y florezca como un narciso… le será dada ‘la hermosura del Carmelo” (Isaías 35). Tu alma sedienta podrá abrevarse en el torrente de las delicias de Dios: Pues brotarán aguas en el desierto y correrán arroyos por la soledad, la tierra quemada se convertirá en estanque, y el país de la sed se convertirá en fuentes (Isaías 35,6-7).

Pags. 48 “El eremitorio” – Capítulo VI: “El monte Carmelo, los caminos de la oración”.

Una exigencia del corazón

“Para el contemplativo el centro de interés es el episodio profético de la nubecilla que a ruegos de Elías viene a poner fin, vertiendo su lluvia benéfica, a la sequía y al hambre (1 Reyes 18, 41-45). El retiro de Elías al torrente de Kerit, la purificación del Monte del culto de Baal (1 Reyes 18, 41-46), bien semejan una sorprendente premonición de las etapas que llevan al Ermitaño por las vías ascendentes de la Oración.

¿Qué es lo que buscas en la huida del mundo y aun del mundo cenobítico? ¿Por qué deseas vivir en celda, no ver nada, no oír nada, no decir nada, si no es por entrar en gozosa comunión directa con Dios y en conversar con El con la frecuencia y continuidad que consiente la fragilidad humana? La oración es eso: un coloquio filial con Dios, en confianza y libertad inspiradas por el amor…

El Ermitaño es el hombre de la Oración. Esta es para él una necesidad vital, una exigencia del corazón… Si el Ermitaño no está enamorado de Dios, nunca sabrá orar. Cerrado el libro, el aburrimiento le invade de nuevo, y ni por descuido se aventurará en esos largos silencios, durante los cuales el alma enteramente desocupada se abre a la irradiación del amor… No hay oración posible sin ese situarnos cara .a cara con el Señor en la actitud interior que nos sugiere lo que El es y lo que somos nosotros. Todas las verdades que conciernen nuestras relaciones con El tienen que brillar a los ojos del Ermitaño con un resplandor que nada pueda empañar”.

Pags. 45 y 46 “El eremitorio” – Capítulo VI: “El monte Carmelo, los caminos de la oración”.

Imagen extraída de “La iconografía Carmelita…”

Amigo de Dios

“Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus padres, cuando un día en que se dirigía, según costumbre, a la iglesia, iba pensando en su interior «los apóstoles lo habían dejado todo para seguir al Salvador, y cómo, según narran los Hechos de los apóstoles, muchos vendían sus posesiones y ponían el precio de venta a los pies de los apóstoles para que lo repartieran entre los pobres; pensaba también en la magnitud de la esperanza que para éstos estaba reservada en el cielo; imbuido de estos pensamientos, entró en la iglesia, y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo aquellas palabras del Señor en el Evangelio: Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo».

Entonces Antonio, como si Dios le hubiese infundido el recuerdo de lo que habían hecho los santos y con aquellas palabras hubiesen sido leídas especialmente para él, salió en seguida de la iglesia e hizo donación a los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas parcelas fértiles y muy hermosas), con el fin de evitar toda inquietud para sí y para su hermana…

Trabajaba con sus propias manos, ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: El que no trabaja que no coma; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio sustento, parte a los pobres. Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido que es necesario retirarse para ser constantes en orar: en efecto, ponía tanta atención en la lectura, que retenía todo lo que había leído, hasta tal punto que llego un momento en que su memoria suplía los libros. Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban amigo de Dios; y todos lo amaban como a un hijo o como a un hermano”.

Extraído de Diócesis de Segorbe Castellón