El Horeb del corazón

“… Al hablar del “Horeb del corazón”, lo hacemos en lenguaje simbólico, uniendo dos realidades. Por un lado Horeb significa lo árido, lo solitario y hace referencia al monte de Dios, llamado también Sinaí; por otro, el término corazón en el lenguaje bíblico significa la plena y sincera interioridad consciente de la persona humana. Se trata de la “personalidad interior” de cada uno, que las demás personas no ven, pero si Dios, que nos habita por dentro.

Este camino de descenso a las profundidades de nuestro ser y salida al encuentro de nuestros hermanos es cíclico y a la vez progresivo, hasta que veamos a Dios “cara a cara”. Por esto nos parece que no hay auténtica mística sin ética, ni ética verdadera sin mística, ni verdadera religión sin mística ni ética. Y todo esto lo vive la persona santa en el aquí y ahora del presente de Dios.

El desierto es el camino secreto de la fe pura y de la pura esperanza. La entrada en este sendero es la oración larga y silenciosa, humilde y perseverante. Es la oración de abandono que nos pone en las manos de Dios para ser instrumentos de su amor. Al desierto no se va a solucionar problemas, sino a luchar con la tentación, que nos ofrece riquezas y toda clase de seducción. La santidad es un proceso descendente hacia las profundidades de la humildad. Por eso, el auténtico proceso liberador nace del interior hacia el exterior, como fruto de la auténtica conversión…”

Extraído de “La importancia del desierto interior”

de José Luis Vazquez Borau

El desierto espiritual

“En algún momento de nuestro caminar espiritual nos llega la hora de la prueba, esa hora en la que la fe debe ser probada en el fuego, para ser purificada como el oro y llegar a ser mucho más valiosa que el mismo (cf. 1 P 1, 7). Es esa tan temida y dolorosa hora, en la que el alma se siente perdida, rechazada, no amada y empieza a desfallecer; muchos santos han pasado por esta prueba, su fe ha sido refinada en el horno de la desolación y el olvido, atrapada en el calor sofocante del “desierto espiritual”, abandonada en la soledad de la “noche oscura del alma”, como la llamaba San Juan de la Cruz.

El “desierto espiritual”, decía el Padre Brian Kolodiejchuk – postulador de la causa de beatificación y pronta canonización de la Beata Madre Teresa de Calcuta – en una entrevista, “es un momento de la vida espiritual en el que la persona es purificada antes de la unión íntima y transformante con Cristo”. Tal vez estés pasando en estos momentos por una situación similar, en la que no sientes nada, en la que parece que Dios no existiera, en la que la fe no cobra sentido, ¡prepárate para la prueba!, si logras pasarla, verás el rostro de Dios.

… Debemos hacer un profundo discernimiento y examen de conciencia, para saber si en verdad estamos atravesando una noche oscura del alma o simplemente nos estamos durmiendo en la fe. Si te descubres en el medio de un verdadero y árido “desierto” del alma, en el testimonio de la Madre Teresa podemos encontrar el camino de vuelta al tiernísimo Corazón de Jesús del que nos sentimos desterrados: No dejemos de hacer lo que tenemos que hacer”.

Extraído de “Católicos con acción”

Lugar de Libertad

La vida espiritual encuentra en el desierto sus formas de expresión: vacío, caos, aflicción, acedia, pobreza, despojo, serenidad, frugalidad, silencio. Es terreno yermo, no experimentable, no transitable, no habitable. Lleva al mayor misterio de Dios, que no se deja vincular a ningún ídolo. El desierto es paisaje de muerte, desertizado… un paisaje en el que ya no crece nada, en el que nada puede echar raíces, pero es también lugar de libertad. Es salida (éxodo) de la manipulación y la heteronomía. Purifica, permite ver prejuicios, ideologías y obcecaciones. En el desierto se suceden consecutivamente consolación y desolación, paisajes malogrados y paisajes de ensueño. Ambas facetas se necesitan mutuamente para experimentar, para valorar. El paisaje refleja el alma débil, arrugada, desarraigada, apática, pero también palpitante, atenta, llena de color, de ímpetu, de luz.

El desierto es, en resumidas cuentas, un «espacio espiritual» que proporciona experiencias espirituales. No es casualidad que grandes acontecimientos de la historia de la salvación tengan lugar en el desierto; no es casualidad que personajes determinantes de la historia de la fe hayan buscado la soledad. Y no es casualidad que hasta el día de hoy no pocas personas vayan al desierto para –como ellas dicen– «encontrarse a sí mismas», ya se trate del paisaje geológico del desierto o de dimensiones vitales, no menos reales, experimentadas en la metáfora del desierto: soledad, silencio y alejamiento de la vida cotidiana, firmeza y perseverancia en las decisiones vitales que se han tomado y en la reorientación ante nuevas situaciones decisivas”.

Extraído de Libros de Cíbola

Renacer desde lo alto

Evangelio según San Juan 3, 1-8

“Había un fariseo llamado Nicodemo, hombre principal entre los judíos, que fue de noche a ver a Jesús y le dijo: “Maestro, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces, si Dios no está con él”. Jesús le contestó: “Yo te aseguro que quien no renace de lo alto, no puede ver el Reino de Dios”. Nicodemo le preguntó: “¿Cómo puede nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Acaso puede, por segunda vez, entrar en el vientre de su madre y volver a nacer?

Le respondió Jesús: “Yo te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne, es carne; lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tienen que renacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu”.

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta – 20 de abril de 2020

“Ser cristiano no es sólo cumplir los Mandamientos: hay que cumplirlos, es cierto; pero si te quedas ahí, no eres un buen cristiano. Ser cristiano es dejar que el Espíritu entre en ti y te lleve a donde Él quiere que vayas. Muchas veces en nuestra vida cristiana nos detenemos como Nicodemo, ante ‘la sorpresa de lo inesperado’, no sabemos qué paso dar, no sabemos cómo hacerlo o no tenemos la confianza en Dios para dar ese paso y dejar que el Espíritu entre. Nacer de nuevo es dejar que el Espíritu entre en nosotros y dejar que el Espíritu sea que nos guíe fuera de nosotros mismos para ser libres, con esta libertad del Espíritu que nunca sabrás dónde te conducirá”.